miércoles, 25 de septiembre de 2013

Cuento antes de dormir

Hace como 50 años se descubrió que mirases a donde mirases, en el cielo se detectaba una radiación de fondo de microondas. Esta radiación era uniforme, parecía que de todas partes provenía la misma.
Pensando un poco, llegaron a la conclusión de que esa radiación venía de cuando se formó el universo justo después del Big-Bang. Pero había un problema, y es que si era uniforme todo el universo debía estar entonces a la misma temperatura, y en esas condiciones era imposible que se hubieran formado galaxias ni nada de nada.
Pasó el tiempo, se afinaron los aparatos y se descubrió que en realidad esa radiación no era uniforme, sino que había pequeñísimas fluctuaciones.
Fueron esas pequeñas cosas, apenas imperceptibles en la normalidad de la radiación, las que habían hecho posible en su día que hoy haya un universo lleno de galaxias y cuerpos apasionantemente raros.


<<Seguro que tu vida "normal" está llena de infinitos matices que la hacen una vida apasionante>>.

martes, 24 de septiembre de 2013

Desactiva la bomba...prefiero usar dinamita

Qué extraño. Qué decepción. Oportunidades, una tras otra van partiendo cuando apenas han llegado. Pero es que, extrañamente, hoy me sabe a decepción. Sus palabras entraron una vez en mí. Entraron, sí, me taladraron; una vez. Las escuché una primera vez, e inconscientemente creí entenderlas. Más tarde averigüé que no. Y entonces las volví a escuchar, y entonces, no antes, entraron en mí. Y me hicieron daño, para qué negarlo. Y me apagaron también. Eran palabras contrariadas, algunas estúpidas, necesarias también, pero nada agradables. Después de aquello, todo era muy extraño. Ciertas palabras me pedían algo que desde luego no podría ser así, al menos en un tiempo (corto, en un principio). Después de aquello debían llegar mis palabras, pero ellas decidieron ser silencio y una prolongada mirada perdida hacia adelante. Y así fue como mis palabras nunca llegaron. Así fue como creía que todo terminó. Después de mis no-palabras, me vi rodeada de conversaciones, de bandejas con vasos llenos que se vaciarían al cabo de unos minutos para ser recogidos y vueltos a llenar, de saludos y despedidas de extraños cercanos, de risas agudas, graves, falsas o totalmente francas, de llamadas por megáfono a decenas de nombres diferentes, de humo de tabaco. Allí estaban todos menos yo, aunque mi cuerpo permanecía sentado entre todo aquello; yo no me recuerdo allí siendo yo...
Abrir la puerta de casa me cerró muchas otras puertas. Recordaba entonces las palabras que seguían dentro de mí, tirando mientras tanto demasiado esfuerzo a la basura sin ningún reparo.
Veinticuatro horas más tarde seguía tirando demasiado esfuerzo sin ningún reparo. La diferencia es que sus palabras ya no tenían hueco ninguno dentro de mí, pues veinticuatro horas después no fue mi puerta la que se abrió. No la de mi casa. Detrás de su puerta me esperaban palabras totalmente diferentes a las que me taladraron veinticuatro horas antes. Se contradecía demasiado, y aun así, yo no me paré a pensar por qué.
Abrir la puerta de casa después de aquello me derribó. Mi estupidez, mi insensatez, mi locura...
Yo me derribé en el preciso momento en que me dejé llevar por su corriente.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Si salimos de ésta

Si el volante se ha roto y salir por la ventana es la única elección, si son desiertos de fango, de ésos que a cada paso es un millón, tú saldrás de ésta, créeme, y pronto entonarás pequeños cánticos. Y en algún bar apartado, ahogaremos al espanto y nos pedirá perdón.
Tu ansiedad cederá. Como el rastro de un avión, se esfumará. Si tras el naufragio hay tempestad, nadie desertará. Tú sube a cubierta y ya verás, mil comandantes más. No baja nadie, no huye nadie, mil comandantes que harán de viento, y tú harás de mástil, no será fácil, pero si ganas habrá valido por dos. No baja nadie, no huye nadie, mil comandantes que harán viento, y tú atado a un mástil, tu propio mástil, mientras yo sigo bebiendo el agua que entró.
Nadie más lo entenderá, sólo los que allí estuvieron sonreirán.

martes, 17 de septiembre de 2013

Entre medio, tan sólo botellas vacías

Allí sentada observas con detalle a tu alrededor. Los movimientos arbitrarios de un viento extraño, las hojas del suelo que le dedican sus impulsivos bailes, los pájaros que parten hacia quién sabe dónde para quién sabe qué, esas personas que ríen y empañan tus oídos, enturbian el sonido y lo desenfocan en tu cerebro. Todo es un poco menos nítido. Retumban esos agradables sonidos en tu cabeza y el viento traslada sus bailes bajo tu ropa, y respiras. 
Allí sentada echas tus redes al presente más palpable, a aquel presente, y recoges cansancio de jugar a ser tú la que habita su salón, recoges tinta apelmazada en hojas de cuadernos arrancadas, recoges injustas sinrazones nunca demostradas o justificadas, recoges falta de tiempo mientras sobra espacio, recoges una carta cinco veces leída, recoges la segunda leyéndola de memoria...recoges cosas que nunca sembraste.
Allí sentada piensas que, a pesar de todo, puede existir una vía de escape, la puerta trasera, la oportuna ventana abierta, la coartada perfecta. Vuelve a ser nítido y claro el sonido exterior, y tus oídos se centran de nuevo. Vuelves a enfocar tu alrededor, donde los demás continúan charlando, echando unas risas, dando caladas a cigarrillos a medio morir, compartiendo tiempo y vida, manteniendo profundas miradas que gritan más que hablar en tan solo un segundo, o incluso menos.
Allí sentada tienes claro lo que deseas, y todo parece ser mucho más fácil de lo que la realidad te mostrará al día siguiente, cuando tu mente no esté tan enturbiada. Así que permaneces allí, sentada, comiéndote por dentro las ganas de estallar, fumando y observando cómo expulsas el humo, disfrutando de todo aquello, dentro de lo que cabe.
Allí, sabes que todo podría ser más gratificante, sabes que simplemente podrías estar sentada unos pasos más allá, sabes que podrías no estar explotando por dentro, sabes que no tendrías por qué callar cosas, sabes que todo podría ser más natural, sabes que podría ser. Y, allí, rezas para que esa sea tu vida sin ti.
Por desgracia, tienes que levantarte...

martes, 10 de septiembre de 2013

Festival de colores





Hoy le dibujaba en miles de situaciones diferentes, azuladas, grisáceas, siempre frías. El marco que rodeaba mis imágenes rara vez cambiaba de sabor de boca final, pero no parecía importarme. Dilapidaba mi sueldo mental, que ya de por sí era bastante escaso. Había rayos de luz que trazaban su camino hasta mis pupilas, y mis ojos se entrecerraban. Fue entonces cuando me cegué mínimamente, aunque lo suficiente como para añadir algo de verde a sus ojos, que yo recordaba ya negros y vacíos. Reviví sin querer el color donde nos encontrábamos escondidos en silencio, y mis colores se esparcieron por la habitación.
A su colorida imagen confesé por un momento haber perdido el juicio. Toqué fondo, mordí el polvo y besé el suelo. Me equivoqué más veces que acerté, dibujándole mientras el sol manchaba mis ojos y, sin querer, los suyos con demasiados colores para ser él.
Para entonces, siendo culpable aquel maldito sol, sus mejillas habían sido marcadas con trazos anaranjados, sus ojos verdes se me clavaban, su pelo raro ondeaba en mil tonos de castaños, amarillos, rojos, azules, violáceos. Quedaba trazado sobre mis días raros.
Terminaron sus caminos cruzados mis lápices y pinceles cuando mi cuaderno se cerraba. Pero había algo muy extraño en mí, notaba que algo me había ocurrido. Usé mil colores por culpa del sol, y a pesar de ello, mis manos tan solo estaban manchadas de grises y azules, y estaban frías.
¿No serían mis ojos los que le coloreaban?, me pregunté con algo de miedo, y un tambor retumbaba en mi pecho. Mi habitación tornó en gris y azul, y se volvió tan fría que de mi boca salía vaho al respirar. Me llevé las manos a la boca para intentar calentarlas con algo de aquel vaho, pero solo conseguí manchar mi cara de gris y azul, y pronto se extendió por todo mi cuerpo al mismo tiempo que me hacía débil allí dentro. Y mi cuaderno permanecía sobre la mesa, goteando amarillo, cian, naranja, verde... Tan solo tuve que volver a abrirlo para entender que lo que le hacía grande dentro de mi mente no era otra cosa más que yo misma.

Cuando cerré la puerta de mi colorida habitación goteaban grises y azules del frío cuaderno que decidí soltar sobre mi mesa. Mis manos estaban repletas de colores y de vida. Yo misma estaba repleta de colores y de vida.
Sí, decidí no volver a hacerle grande.
Y se hizo muy pequeño.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

¿A quién le gusta ser un blanco fácil?

Alzo el vaso, más vacío que yo, y lo elevo hacia el infierno.
En un nuevo viaje, calzo nuevos zapatos, mas no zapatos nuevos. Únicamente son nuevos para mí; pero ellos llevan tiempo esperándome, esperando mis pasos, que al fin parecen llegar. Algo desgastadas, las suelas son tan finas que aún puedo sentir el suelo a cada paso que doy como si fuera descalza, pero son sólo los primero pasos.
Cuando avanzo, en mis cielos nocturnos, puedo ver constelaciones de gente, como un planetario. Unas brillan profundamente entre las antenas de los edificios; otras que parecen apagadas y olvidadas, comienzan a parpadear de manera puntual; otras, brillan con una fuerza que llama la atención, pero poco después la van perdiendo (desconozco la razón) y su brillo deja de ser nítido. Todas las constelaciones de mi pequeño planetario tienen historia, a veces increíbles historias, y algunas llevan incluso promesas enlazadas a ellas, y en algunas me encuentro a mí misma.
Así, mis cielos se llenaban de constelaciones.
Y sin brindar, celebraba los días no vividos.