No te fíes de todos aquellos visionarios que te hablen de este mundo sin caballos galopando en la mirada. Jamás escuches a quien no alce la vista de vez en cuando para mirarle las bragas a una estrella. Sabes que no van a llorar de emoción tras un orgasmo, o por una canasta sobre la bocina del eterno segundón.
Sigue el ejemplo de los locos necesarios que se abrochan a la vida cuando quitan un botón, los que encuentran a dios al abrir tu cremallera. Síguelos a ellos, a los que piensan que sólo el amor puede hacer que lo imposible se vuelva a repetir, a los poetas que saben que quien tiene un lápiz, lleva un paraíso en el bolsillo. Sigue sólo a esos, a los que buscan la hermosura en la niebla de un poema, aquellos que cuando tocan una piel...comprenden todo.
Y huye. Huye de quien tenga tanta razón que nunca tenga nada, de aquellos que jamás dudan, porque estarán mintiendo. Huye de quien no crea que el lunes tiene un callejón hacia el nirvana, de todo aquel que no considere que no hay niños malcriados, sino adultos que malcrían. Y huye del hombre que no piense que quien aparta los ojos de la pobreza también se ha vuelto un cómplice al hacerlo. De quien te diga que la felicidad es un crucero con pulsera, y no una muchacha de risa floja y ojos hambrientos de infinitos. No te fíes de quien defiende a esos corruptos que, cuando sobra agua, se inventan un modo de vender la sed.
Y ama. Ama aunque nunca tengas suelto. Y recuerda que no hay peor amor que el que no se da por miedo a que te dañen, y que ningún amor no correspondido puede matarte, salvo aquel que no sientes por ti mismo. Conviene no olvidar que uno y uno suman uno entero, cuando de quien te enamoras es de ti. Que cuando te caigas, nadie te convenza de que la solución está en democratizar el suelo para todos, sino en encontrar la escalera de subida hacia ti mismo. Y para eso, tendrás que preguntar a las baldosas sobre el golpe.
Y evita los consejos, cualesquiera que sean, que no pongan tu corazón al frente.
Y olvida también estos consejos, uno a uno...
...y sé feliz.
jueves, 8 de junio de 2017
lunes, 5 de junio de 2017
Algo. Siempre.
Algo. Siempre.
Nos dice que latimos, que seguimos siendo en la distancia más silenciosa y que, a la vez, crea todo el ruido entre nosotros. Nos lastima un poco con sus garras, pero también nos hace fuertes. Nos sienta bien pelear, y es que tenemos carne de titán; no quieras negarlo.
Algo, a través de la ausencia que grita, a través de los kilómetros o los años luz, nos dice que seguimos en el camino adecuado. Siempre. A través de toda la paciencia, a través de todos los despertares a media vida y de los sueños más guardados. Nos habla. Nos toca, como una mano invisible, y nos rodea con todo su amor, que sólo trae la paz de un océano en calma, esa que nos falta ahora y que no encontramos. Pero gracias a esa mano sabemos que llegará.
Algo, siempre, nos va relatando al oído las instrucciones para dejar ir y también para dejar llegar. Y al mismo tiempo, nos puede desgarrar y levantarnos. Nos deja sin habla para que hablemos sin palabras. Para decir todo lo que aún no se ha volcado, para sacarnos a nosotros mismos de nuestras corazas, de nuestras propias trampas, para sentirnos indefensos y jodidamente humanos.
Algo, siempre, nos hace temblar de miedo y de frío, y sabemos que quizás el miedo se alivie con la indiferencia, pero no el invierno que alimentamos por dentro. Nos cuenta historias antes de dormir pero el momento de descansar no llega nunca, y acumulamos ojeras, preocupaciones y palabras que nos torturan.
Y es que algo, siempre, nos envuelve en cada rincón y a cada segundo que cerramos los ojos y nos vemos dentro de nuestras tripas. Nos rodea cuando pensamos en aquella mirada, en aquella sonrisa inocente, en aquellos silencios repletos de momentos que no permitimos nacer.
Algo. Siempre. Latiendo más allá de todo el ruido entre nosotros...
Nos dice que latimos, que seguimos siendo en la distancia más silenciosa y que, a la vez, crea todo el ruido entre nosotros. Nos lastima un poco con sus garras, pero también nos hace fuertes. Nos sienta bien pelear, y es que tenemos carne de titán; no quieras negarlo.
Algo, a través de la ausencia que grita, a través de los kilómetros o los años luz, nos dice que seguimos en el camino adecuado. Siempre. A través de toda la paciencia, a través de todos los despertares a media vida y de los sueños más guardados. Nos habla. Nos toca, como una mano invisible, y nos rodea con todo su amor, que sólo trae la paz de un océano en calma, esa que nos falta ahora y que no encontramos. Pero gracias a esa mano sabemos que llegará.
Algo, siempre, nos va relatando al oído las instrucciones para dejar ir y también para dejar llegar. Y al mismo tiempo, nos puede desgarrar y levantarnos. Nos deja sin habla para que hablemos sin palabras. Para decir todo lo que aún no se ha volcado, para sacarnos a nosotros mismos de nuestras corazas, de nuestras propias trampas, para sentirnos indefensos y jodidamente humanos.
Algo, siempre, nos hace temblar de miedo y de frío, y sabemos que quizás el miedo se alivie con la indiferencia, pero no el invierno que alimentamos por dentro. Nos cuenta historias antes de dormir pero el momento de descansar no llega nunca, y acumulamos ojeras, preocupaciones y palabras que nos torturan.
Y es que algo, siempre, nos envuelve en cada rincón y a cada segundo que cerramos los ojos y nos vemos dentro de nuestras tripas. Nos rodea cuando pensamos en aquella mirada, en aquella sonrisa inocente, en aquellos silencios repletos de momentos que no permitimos nacer.
Algo. Siempre. Latiendo más allá de todo el ruido entre nosotros...
jueves, 1 de junio de 2017
La cuerda floja
Mírame bien, porque no hay más de lo que ves.
No hay piedras en mis manos, ni mentiras o viejos rencores. No hay cuchillos, no hay puñaladas, no hay dudas, ni miedos que me bloqueen. Mira bien mis manos, en las que, simplemente, no hay nada. Mira mis ojos, sé que puedes verme. Pero hazlo de frente, y no en la noche eterna. No me busques, ni tantees con tus dedos la oscuridad que envuelve tus largas noches, porque no me encontrarás allí. No te equivoques de lugar, no me pienses en rincones que no han de pensarme. Mírame por dentro, porque sé que sabes hacerlo, y cuando puedas ver, no tapes tus ojos; tira las vendas, llévalas lejos de ti y de mí.
Pero si no lo haces...
Si no lo haces, deja que me vaya, que me marche muy lejos de ti mientras me prometes que esto es lo que tú quieres. Muéstrame que todo esto no ha sido nada. Destapa mis noches sin dormir, cuélate bajo mi almohada y susúrrame que todo es mentira. Hazme despertar del desvelo, aunque sea a fuerza de desventuras. Clava tus ojos en mí, como haces siempre que me miras, y grítame sin palabras lo miserable que soy. Dímelo, de frente, con miedo o sin él. Rómpeme en mil pedazos, quiebra mis entrañas, aráñame las tripas; haz lo que quieras. Sé una roca, ponte todas tus máscaras, ármate de indiferencia, y dime que ésto es lo que tú quieres.
No hay piedras en mis manos, ni mentiras o viejos rencores. No hay cuchillos, no hay puñaladas, no hay dudas, ni miedos que me bloqueen. Mira bien mis manos, en las que, simplemente, no hay nada. Mira mis ojos, sé que puedes verme. Pero hazlo de frente, y no en la noche eterna. No me busques, ni tantees con tus dedos la oscuridad que envuelve tus largas noches, porque no me encontrarás allí. No te equivoques de lugar, no me pienses en rincones que no han de pensarme. Mírame por dentro, porque sé que sabes hacerlo, y cuando puedas ver, no tapes tus ojos; tira las vendas, llévalas lejos de ti y de mí.
Pero si no lo haces...
Si no lo haces, deja que me vaya, que me marche muy lejos de ti mientras me prometes que esto es lo que tú quieres. Muéstrame que todo esto no ha sido nada. Destapa mis noches sin dormir, cuélate bajo mi almohada y susúrrame que todo es mentira. Hazme despertar del desvelo, aunque sea a fuerza de desventuras. Clava tus ojos en mí, como haces siempre que me miras, y grítame sin palabras lo miserable que soy. Dímelo, de frente, con miedo o sin él. Rómpeme en mil pedazos, quiebra mis entrañas, aráñame las tripas; haz lo que quieras. Sé una roca, ponte todas tus máscaras, ármate de indiferencia, y dime que ésto es lo que tú quieres.
Si no me das palabras para entenderte,
al menos dame razones para marchar.
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