Pues hoy vengo a decirte que no me jodas.
Que no, que ya fue, que basta.
¿Tú me has visto la cara?
¿Me has visto luchando día tras día?
¿Acaso no me has visto gritando salvaje en la calle,
rodeada de mis hermanas?
Que no, no me jodas.
Que no soy frágil,
que no soy un delicado jarrón de cristal,
que tengo manos para cargar mi propio peso
y mis maletas y mis movidas y mis mierdas.
Que no quiero ser bonita,
ni agradable,
ni bien hablada 24/7,
ni perfecta,
ni dulce,
ni recatada.
Que no quiero cumplir con tradiciones,
con expectativas impuestas y supuestos sueños,
mucho menos con mi supuesto rol biológico.
Y paso de arrancarme pelos,
paso de pintarme y perder mi tiempo
para parecer que trato de encajar aquí o allá.
Que no tío, que no me jodas.
Ni santa madre,
ni buena hija,
ni perfecta mujer.
Que yo no soy para ti,
ni por ti,
ni gracias a ti.
Que la servidumbre ya pasó
y demasiado ha durado.
Que yo soy mujer
y todavía no te has enterado de que soy loba.
Y bruja y medio puta
y también santa pero al revés.
Yo voy con la luna, atravesando fases,
y con la tierra girando y bailando a mis anchas.
Y aúllo día sí y día también,
para sacar a pasear la bestia
que habito y alimento.
Que yo soy mujer y me rasco el coño
y hago con él lo que quiero
(y con ella también).
Que me como lo que me sale.
Que me toco y me disfruto
como pocos me han hecho disfrutar
y que lo seguiré haciendo
sin tabú ninguno
(sorpresa: sí, las mujeres también nos tocamos).
Que estoy cansada de que vengas dando por culo
a relatarme el cuento de siempre.
El cuento de "no todos los hombres";
el de "yo no soy machista, tengo madre";
el de "¿estáis solas?";
el de "¿para cuándo el día del hombre?";
el de "ni machismo, ni feminismo: igualdad".
A tu puta casa.
Que no molestes más.
Y si abres la boca,
que sea para sumar.
Que soy mujer y estoy cansada de ti, machirulo,
y de tu masculinidad retrógrada y desquiciada.
A tus cuentos nosotras les damos la vuelta,
y cuando menos te lo esperas,
estás rodeado de lobas como cabronas, caperucito.
Hemos inventado el antídoto contra tus miserias,
tus etiquetas rastreras y tu falsa humildad.
Hemos vuelto a nacer,
y traemos forma de puño cerrado,
de olas como bestias,
para moler a palos
los cimientos de tu sistema.
Frente a tu humanidad inerte,
nosotras gritamos,
hasta hacerte temblar:
feminismo hasta la muerte.
martes, 11 de febrero de 2020
jueves, 14 de noviembre de 2019
La sombra y el pueblo
El pueblo está roto. La gente está rota. Corrompida. Personas de una misma tierra, hermanos y hermanas con sueños y ambiciones, con cargas y luchas personales que, sin saberlo, son similares. Corrompidas por el odio, un arma de doble filo alentada por palabras y discursos vacíos de ética, cargados de un empoderamiento que conduce hacia la muerte de valores. En ocasiones, incluso a la propia muerte.
Un pueblo, millones de vidas que se vuelcan en las calles, confrontando posiciones que no atienden a ninguna lógica cuando el diálogo no se contempla como una opción. No hay cabida para el punto intermedio. Los humanos jugamos siempre a pasar de un extremo a otro. Nunca nos damos cuenta de que las vidas que se pierden en el camino, no merecen lo que vale ese juego. Un juego terrible y frío en el que siempre perderán los mismos, por mucho que piensen que no pertenecen al mismo bando. Un pueblo al que se le ha arrancado la capacidad de mediar, de dialogar, de escuchar y empatizar. Un pueblo perdido, una humanidad destrozada. Movida por intereses, movida por la plata que no se puede comer, que no nos da qué respirar, que nos carcome y nos hunde.
Una lucha disfrazada de bondad divina, de profecía y promesas escritas sobre papel mojado. Una lucha que clama a los cuatro vientos la manifestación divina en cada uno de los pasos que nos ha llevado hasta este preciso momento. La encarnación de algo supremo en una sola persona que irrumpe y devora todo el poder que puede, y alza una biblia entre sus manos mientras escupe palabras de odio hacia minorías marginadas. La religión de la mano del poder. La religión de la mano del fascismo. La religión de la mano de una lucha, con las manos manchadas de sangre inocente. Las manos manchadas, siempre manchadas. Manos que se limpian esa sangre con total indiferencia. Líderes que jamás llorarán lo que llora su pueblo. Jamás sufrirán como ellos. Jamás entenderán que aquellos a quienes odian, también son su pueblo. Jamás habrá hueco para ellos.
Una sombra se pasea por las calles mojadas de Bolivia. Hoy se mezclan la sangre, la lluvia y las lágrimas de un pueblo que ruega recuperar su derecho a vivir en paz. Un pueblo que grita, que reclama, que alza la voz contra el fascismo de la religión y el odio. Una sombra se pasea entre las familias indígenas que ahora tienen los ojos inundados de miedo. Entre los niños y niñas que ya han sido marcados de por vida. Entre las mujeres, entre las ancianas, que gritan en la calle y no entienden por qué nadie las escucha. Se pasea entre el abandono y la desgracia de una lucha impuesta, violenta, sin principio ni final. Se pasea también entre personas que celebran, lejos de las que lloran. Va observándolo todo. La desesperación de unas y el júbilo de otros. El alzamiento de un nuevo movimiento teñido con los colores de viejos himnos, de viejos monstruos. La caída de toda una historia que nadie conoce, de un pueblo saqueado y humillado.
Y mientras se pasea, ve de cerca oleadas de contraste. Polos opuestos. Oleadas de dualidad social, política, económica. La dualidad humana. El odio de un lado y de otro. El amor, la devoción, de un lado y de otro. Estallando en todas direcciones, como flechas que cortan la carne allá donde van. Que arrasan con todo lo que encuentran a su paso sin importar cómo, por qué, quién, para qué.
Una sombra se pasea hoy por las calles mojadas de Bolivia. Vestida de neutralidad, transparente. Invisible. Repleta de preguntas sin respuesta ante todo un país sumido en los rumores del caos. Rebuscando en sus bolsillos, intentando dar con algunas soluciones, intentando encontrar algo de tiempo suelto, intentando dar con un poco de tregua. Pero sólo le queda pasear, intentar comprender, equilibrar las luchas en ambos lados, la justicia de ambos lados. No entiende nada, no sabe qué pensar, tampoco qué hacer.
Sólo sabe que para sanar al pueblo roto, hay que romper con el odio.
sábado, 9 de noviembre de 2019
Aceptación y otras revelaciones
Hay veces en que todo depende, en parte, del cómo aceptamos. Del cómo acepto lo que me rodea. Las cosas que no podemos cambiar. Una realidad enraizada. Palabras que ya han sido dichas y que no pueden retornar, dar un paso atrás en el tiempo. El espacio, el sol y la lluvia. Los gritos de las personas que luchan. El cansancio de todo un país roto y empobrecido, harto de dar y dar y dar, y recibir barro, hambre, miserias y promesas vacías. La sangre que se ha derramado, una vida más y una menos. Los pasos que ya has dado en esa dirección. Los movimientos que hacemos y las miradas que dedicamos. Se trata de cómo aceptamos la distancia y las voces que ya no alcanzan a abrazarnos cuando nos sentimos solos. De cómo sujetamos la taza de café en la mañana, en la tarde, y contemplamos el viento que nos rodea. De cómo miramos a la luna y atravesamos con ella todas sus fases, dándonos cuenta de que también son las nuestras.
Y es cierto. Puedo tocar la ausencia de todas esas manos, los sonidos y las llegadas a casa. Los pasos que tienen nombres y apellidos que jamás lograremos olvidar. La luz volcada en los rincones de todos aquellos espacios en los que crecimos, en los que volcamos tiempo e historias que nunca compartimos con nadie más. La cálida sensación de girar la llave de una puerta y saber que ahí dentro habita tu sangre, sin darte cuenta de que esa sensación es verdaderamente difícil de conseguir lejos de esas paredes. Y es cierto que todo esto se ve cuando te alejas, cuando comienzas sin nada de todo lo que tenías. Todo lo que dominabas está lejos. Todo lo que conoces está a medio mundo de distancia. Y entonces te das cuenta de que todo dependerá de cómo lo aceptes.
Entonces, comienzas a aceptar. Aunque suene extraño, comienzas a aceptar un camino que aceptaste tomar hace ya tiempo. Pero es ahora cuando caminas y es ahora cuando aceptas. Y pones en la balanza todo lo que has invertido en esto. Todo lo que has perdido, quizá, también. Y todo lo que has ganado y sigues ganando. Pones en la balanza la distancia, el tiempo, el espacio, la luz interior, el ruido que se va sosegando en tu mente, las personas, el trabajo, la dedicación, el peso de tu alma, la importancia del estar además del ser. Miras con otros ojos y aprietas los dientes, porque aún no has superado el vértigo del camino que empezaste y que empiezas a aceptar.
Así que, después de todo esto, ya es hora de que hable en primera persona y de que acepte que no puedo hablar de esto como si no escribiera para mí. Aceptar este camino me hace verme más vulnerable a las palabras, no tanto como al silencio. Más vulnerable ante la sangre ajena que se derrama en una lucha manipulada con frialdad, con respuestas desmedidas. Ante la inactividad y una violencia que va de la mano de la opresión. Ante la ignorancia. Ante la distancia y el olvido. Ante los 5 minutos y 26 segundos de una canción que me recuerda a unos ojos, como lobos, precisos, adecuados, en un momento equivocado, en un tiempo imposible. Ante un mensaje, 3 frases apenas, que apenas dicen nada y que me suponen un mundo mucho mayor en este lugar. Ante la ausencia de ese abrazo que necesité muchos días al despertar. Ante una cama vacía y una cena que da para dos estando sola. Ante el inmenso pulso al que me reta la vida, del cual no puedo renegar.
Así que, sí. Soy más vulnerable. Y lo acepto, lo abrazo. Cultivo mi vulnerabilidad.
Y es que hay algo que no aceptaré jamás: entender ser vulnerable como una debilidad.
jueves, 16 de mayo de 2019
"Hola, ¿qué tal?"
Lo que piensa mi mente:
Cansada de correr detrás de. Cansada de caminar por delante. Cansada de sentir por encima de. Cansada de vivir por debajo de. Muy cansada.
Trato de, no sé... Trato de tratar con las cosas. Bajo a la calle, cumplo con mis mierdas, las que llenan mi tiempo. Una pantalla, un test, y después otro y otro más. Miradas rápidas al móvil; nada. Volver arriba. Nada. Salir, trabajar. La energía de trabajo, los verbos irregulares de inglés, el tema 7, el vocabulario, la energía mecánica que abarca a la cinética y a la potencial, fórmulas, dinero, puertas. Autobús. Otra. Maldita. Vez. Esperar. La luz que se va, el viento que bueno, parece más fresco que ayer (anda, ¡qué interesante! De repente soy una abuela pensando sola en el tiempo que hace). Levantar el brazo, se para, me monto, pico, me siento, la calle se va, el semáforo cambia, ese se baja, esa sube, yo me voy. Cigarro, calle, cuesta arriba, casa, pared, puerta cerrada y nada más. Nada.
Perdón. Es que hoy estoy cansada.
Lo que no cuento es lo demás. Lo que no cuento lo es todo. Lo que no cuento es la ansiedad y las mil preguntas que se me agarran a la garganta como cabronas. Lo que no cuento es que ahora duermo acompañada de un miedo con formas extrañas. Cambia cada noche, no sé qué encontraré hoy, no quiero mirarle a la cara. Lo que no cuento es que le extraño y eso me rompe. Lo que no cuento es que se me hace imposible estar días y días y días sin saber apenas de él. Lo que no cuento es que llevo días viviendo deprisa, sin parar, ocupando mi tiempo como una posesa, a ver si así no me daba cuenta. Pero quedan dos días para la luna llena y yo no había contado con eso. Así que aquí estoy vomitando absolutamente todo, en el sitio equivocado, en el momento equivocado, a todo el mundo, a nadie en absoluto. Quizá a mí misma. Pero eso da igual. Qué más dará eso. Me importa un carajo, ni siquiera me estoy preocupando de cuidar mi vocabulario ahora mismo. Pero estoy cansada, hoy estoy cansada, así que esto es lo que hay.
Por dónde iba. Ah, sí. Por él, por mí y por las putas preguntas, que a ver quién es la bonita que las suelta en voz alta y las deja en libertad. A ver quién es la bonita y la valiente que les pone nombre y las pronuncia y se las escupe en la cara. A ver quién es la bonita que se controla y no llora y no sufre y dice las cosas como si nada. (Sí, exacto, la bonita que haga todo eso debería ser yo. ¿Te imaginas que lo consigo?). De verdad, qué asco de mente. Lo peor de todo y lo más gracioso en verdad, es que esa mente soy yo misma. Las preguntas cabronas que se agarran a mi garganta, soy yo. El miedo que me abraza por las noches entre las sábanas, soy yo. La ansiedad y la luna llena que tengo dentro, soy yo. Soy todo eso, pero mezclado de mala manera, al menos hoy.
Todo esto, simplemente, para decir que me gustaría ser capaz de parar, romper y llorar un poco.
Porque estoy llegando a mis límites.
Porque estoy llegando a mis límites.
Y también gritar que no sé a dónde coño va mi vida.
Lo que dice mi boca:
Meh, tú sabes. Con el trabajo y esas cosas. Todo guay, ¿y tú?
domingo, 3 de marzo de 2019
Ciclos
Todo cambia. Puesto que la vida es movimiento y luz natural y calor y vueltas, todo cambia.
El tiempo avanza tal y como marcan las agujas dando vueltas y vueltas. Las plantas trepan, crecen y anhelan alcanzar cada rayo de luz. Los niños y niñas nacen, crecen, juegan y ríen, después lloran, se enamoran, después ríen y crecen más, y lloran y se enamoran mejor. Las carreteras no se acaban, cruzan el mundo, los caminos y los senderos se construyen y se caminan, hacia delante, hacia atrás. Los animales sobreviven a otros animales, vuelan, saltan, cazan, desaparecen, sufren y viven. Los cuadernos se llenan, las carteras se vacían, las mentes se deshielan, los corazones maduran y se endurecen. Los ojos se asombran, observan, odian, aman, lloran y ríen. Las nubes viajan impasibles, como ajenas al viento, indiferentes, por todo el planeta. La gente viaja, emigra, se mantiene, lo arriesga todo, se estanca, se lanza, lucha, muere, llega, alcanza, come, vive, duerme, respira, se va. El sol saluda, pasa y se marcha, y saluda, pasa y se marcha. Y la gente saluda, pasa y se marcha. Todo está avanzando, dando vueltas, caminando, marchando hacia ese sitio a donde va el tiempo cuando ya no vuelve jamás. Y yo estoy ahí, en medio de todo, quieta, como intacta. Observando, cual espectadora, la cámara rápida de la vida, del paso del tiempo, del paso del espacio, de cómo todo llega, pasa y se va. Y simplemente miro, mantengo mis ojos abiertos y respiro.
Todo cambia. Y yo lo observo todo cambiar con infinita curiosidad.
Y allí, al fondo de la vorágine, entre todo el cambio, entre todo el movimiento de tiempo, plantas, niños y niñas, carreteras, animales, cuadernos, carteras, mentes, corazones, ojos, nubes, gente y sol; allí, aparece la silueta de su cuerpo y de su sonrisa, imposibles de pasar por alto,con todo su cambio, con todo su esplendor, con todo su tiempo y espacio propios, con todo su mundo. Aparece y, por un momento, todo se detiene, sin más.
Y yo, que lo observaba todo siendo mera espectadora, siento el impulso irrefrenable de mil olas con forma de cambio en mis entrañas, que me sacuden y zarandean cada uno de mis rincones. Y es que aquellos ojos, aquella luz, volcaron todo el movimiento de mi tiempo y mi espacio directos a mi interior.
Todo cambia. Dentro y fuera. Puesto que la vida es movimiento y luz natural y calor y vueltas. Todo cambia.
Y mientras le miro, voy comprendiendo.
Mientras me mira, me siento reverdecer.
El tiempo avanza tal y como marcan las agujas dando vueltas y vueltas. Las plantas trepan, crecen y anhelan alcanzar cada rayo de luz. Los niños y niñas nacen, crecen, juegan y ríen, después lloran, se enamoran, después ríen y crecen más, y lloran y se enamoran mejor. Las carreteras no se acaban, cruzan el mundo, los caminos y los senderos se construyen y se caminan, hacia delante, hacia atrás. Los animales sobreviven a otros animales, vuelan, saltan, cazan, desaparecen, sufren y viven. Los cuadernos se llenan, las carteras se vacían, las mentes se deshielan, los corazones maduran y se endurecen. Los ojos se asombran, observan, odian, aman, lloran y ríen. Las nubes viajan impasibles, como ajenas al viento, indiferentes, por todo el planeta. La gente viaja, emigra, se mantiene, lo arriesga todo, se estanca, se lanza, lucha, muere, llega, alcanza, come, vive, duerme, respira, se va. El sol saluda, pasa y se marcha, y saluda, pasa y se marcha. Y la gente saluda, pasa y se marcha. Todo está avanzando, dando vueltas, caminando, marchando hacia ese sitio a donde va el tiempo cuando ya no vuelve jamás. Y yo estoy ahí, en medio de todo, quieta, como intacta. Observando, cual espectadora, la cámara rápida de la vida, del paso del tiempo, del paso del espacio, de cómo todo llega, pasa y se va. Y simplemente miro, mantengo mis ojos abiertos y respiro.
Todo cambia. Y yo lo observo todo cambiar con infinita curiosidad.
Y allí, al fondo de la vorágine, entre todo el cambio, entre todo el movimiento de tiempo, plantas, niños y niñas, carreteras, animales, cuadernos, carteras, mentes, corazones, ojos, nubes, gente y sol; allí, aparece la silueta de su cuerpo y de su sonrisa, imposibles de pasar por alto,con todo su cambio, con todo su esplendor, con todo su tiempo y espacio propios, con todo su mundo. Aparece y, por un momento, todo se detiene, sin más.
Y yo, que lo observaba todo siendo mera espectadora, siento el impulso irrefrenable de mil olas con forma de cambio en mis entrañas, que me sacuden y zarandean cada uno de mis rincones. Y es que aquellos ojos, aquella luz, volcaron todo el movimiento de mi tiempo y mi espacio directos a mi interior.
Todo cambia. Dentro y fuera. Puesto que la vida es movimiento y luz natural y calor y vueltas. Todo cambia.
Y mientras le miro, voy comprendiendo.
Mientras me mira, me siento reverdecer.
martes, 26 de febrero de 2019
Bajo la superficie
En lo más superficial, lejos de lo profundo. Ahí me escondo. Mi nuevo hogar, donde ya no sé quién soy, qué quiero, no recuerdo hacia dónde iba, qué me gustaba, qué necesito. Simplemente, corro. En todas direcciones, como loca, como aturdida, alterada, dando un traspiés tras otro. Pero, ¿qué más da? ¡Cuidado! No pares. No bajes el ritmo, mantente alerta, arriba, activa, incesante, exigente, altiva, viva. A lo lejos, pero dentro de mí, escucho esa voz quejumbrosa, lastimera, que me ruega una pausa, me ruega una grieta sana, un quebranto al fin. Me pide romper, dejar salir todo que lo habita en la profundidad de todo lo que soy. Me habla, me llora, me suplica; que ya basta, que no continúe, que me detenga, que debo romper, que debo estallar, que debo escuchar. No. No. Hoy no. Ni mañana. Que me deje, que se aleje, que no llore, que no grite. Que calle y duela en silencio, que no puedo mantenerme y escucharla al mismo tiempo. Que lo entienda, que me permita no parar, que me destierre de su pena; yo reniego de su triste cantar. Aunque eso signifique renegar de mí misma. Estos son los precios que pagamos al final, ¿verdad?
¿Qué será de ti? De tu vida, de tu cama, de tu ropa, de tu olor, de tu pelo y su selva, de tus ojos sin fin, de tus dientes, de esa sonrisa única que se hunde en mi mente como un cuchillo, de tu guitarra y su rincón, de tus cuadros y tus fotos y sus ángulos ordenados, de tu coche y su maletero despeinado, de tu MP3 lleno de joyas musicales, de tu perro y vuestros paseos, de las plantas de tu pequeño balcón, de tu luz y del sol que baña las ventanas de tu habitación a mediodía, de tu voz cuando susurra frases imposibles, del cuento que descansó sobre tu mesita de noche, cada noche, junto a ti... Y mientras trato de no responder a nada de esto, mientras trato de no encontrar por ningún medio esas respuestas, nado hacia la superficie, buscando aire. Rápida. En busca de una enorme bocanada de oxígeno. No quiero ahogarme, por favor. No quiero quedarme ahí abajo. Que me dejen salir, una vez más, un día más, un minuto más, sólo uno.
Sólo
un
paso
más.
¿Conoces esa sensación, mientras logras escapar de tu monstruo, que al mismo tiempo sabes que tarde o temprano no podrás escapar más? ¿Que llegará un momento, un día de estos, en que te alcanzará y te pondrá fin? Una carrera a contrarreloj. Un pulso a la vida, con la certeza de que perderás en cualquier momento. Podrás imaginarlo. ¿Podrás imaginarme?
Será entonces, cuando me alcance mi monstruo (que soy yo misma), cuando romperé, cuando me quebraré. Y, sin fuerzas, pero con rabia e impotencia, gritaré a los cuatro vientos todas las preguntas que vuelan como cuchillos. Estallará en mil pedazos el peso de tu marcha y prenderá fuego a todo lo que se encuentre en el camino. Y todo dará igual: la superficie y la profundidad, porque ya no habrá distinción. Quizá nunca la hubo...
Mientras, seguiré burlando al tiempo.
Me seguiré engañando.
Sólo
un
poco
más.
¿Qué será de ti? De tu vida, de tu cama, de tu ropa, de tu olor, de tu pelo y su selva, de tus ojos sin fin, de tus dientes, de esa sonrisa única que se hunde en mi mente como un cuchillo, de tu guitarra y su rincón, de tus cuadros y tus fotos y sus ángulos ordenados, de tu coche y su maletero despeinado, de tu MP3 lleno de joyas musicales, de tu perro y vuestros paseos, de las plantas de tu pequeño balcón, de tu luz y del sol que baña las ventanas de tu habitación a mediodía, de tu voz cuando susurra frases imposibles, del cuento que descansó sobre tu mesita de noche, cada noche, junto a ti... Y mientras trato de no responder a nada de esto, mientras trato de no encontrar por ningún medio esas respuestas, nado hacia la superficie, buscando aire. Rápida. En busca de una enorme bocanada de oxígeno. No quiero ahogarme, por favor. No quiero quedarme ahí abajo. Que me dejen salir, una vez más, un día más, un minuto más, sólo uno.
Sólo
un
paso
más.
¿Conoces esa sensación, mientras logras escapar de tu monstruo, que al mismo tiempo sabes que tarde o temprano no podrás escapar más? ¿Que llegará un momento, un día de estos, en que te alcanzará y te pondrá fin? Una carrera a contrarreloj. Un pulso a la vida, con la certeza de que perderás en cualquier momento. Podrás imaginarlo. ¿Podrás imaginarme?
Será entonces, cuando me alcance mi monstruo (que soy yo misma), cuando romperé, cuando me quebraré. Y, sin fuerzas, pero con rabia e impotencia, gritaré a los cuatro vientos todas las preguntas que vuelan como cuchillos. Estallará en mil pedazos el peso de tu marcha y prenderá fuego a todo lo que se encuentre en el camino. Y todo dará igual: la superficie y la profundidad, porque ya no habrá distinción. Quizá nunca la hubo...
Mientras, seguiré burlando al tiempo.
Me seguiré engañando.
Sólo
un
poco
más.
miércoles, 17 de octubre de 2018
¿Sabes...?
Puede que un día lo haga.
Puede que coja todos tus recuerdos por el cuello,
los sujete con mis dos manos
y les grite a la cara que se acabó.
Puede que un día me mire al espejo
y ya no te encuentre más allí,
al final de mis pupilas,
reflejándote en mis retinas como si nada.
Puede que un día lo tire todo al suelo,
con rabia e impotencia,
y lo estrelle todo contra ti,
contra mí,
contra lo imposible.
Puede que un día al desnudarme
no broten de mi pecho todas las canciones
que ataste con cadenas a tus ojos,
aquellas que compartimos sin compartirnos aún,
pero que aullaban a la luna
todos los mensajes entre líneas.
Puede que un día, entre los bares,
deje de recordar aquel al que nunca había ido
y que pisé contigo por primera vez.
Puede que olvide la gracia de toda esta casualidad,
puede que me canse de estar maldita,
puede que me maldiga a mí misma,
puede que mis pasos ya no piensen hacia atrás.
Puede que un día lo haga.
Puede que un día acepte
la sucesión de casualidades
de pasos
de calles
de decisiones
de bares
de sitios
de cambios
que, años después,
nos llevó a tenernos uno frente al otro,
sentados en la terraza de un bar
sin entender que somos desconocidos
con el pecho ardiendo.
Puede que un día acepte que es algo normal.
Puede que acepte
que recordarnos de esta manera
sin haber cruzado palabra jamás
y burlarnos del tiempo que ha pasado cuando nos encontramos,
es normal.
Puede que acepte
que hablar sin palabras
y entendernos
y mirar dentro del otro con tan solo asomarse a sus ojos,
es normal.
Puede que acepte
que esta llegada magistral,
esta entrada en mi vida
de una persona como tú,
con toda su música
con toda su mente
con toda su historia
con toda su sensibilidad,
es normal.
Puede que un día acepte
que toda esta casualidad
con su magnitud titánica y sus ganas de ser,
me ha abrazado para irse como llegó.
Puede que un día lo haga.
Y supongo que es que, al final,
me resisto,
me niego,
y alejo de mí la posibilidad de contemplar
que nada de esto ha tenido sentido.
Y ya sé que no se entiende,
que estas cosas no hay quien las entienda,
pero yo sólo quería abrazarlo todo
y sonreír
y brindar
y compartir,
sin más.
Pero no te preocupes,
sé que un día,
un día...
...lo haré.
Puede que coja todos tus recuerdos por el cuello,
los sujete con mis dos manos
y les grite a la cara que se acabó.
Puede que un día me mire al espejo
y ya no te encuentre más allí,
al final de mis pupilas,
reflejándote en mis retinas como si nada.
Puede que un día lo tire todo al suelo,
con rabia e impotencia,
y lo estrelle todo contra ti,
contra mí,
contra lo imposible.
Puede que un día al desnudarme
no broten de mi pecho todas las canciones
que ataste con cadenas a tus ojos,
aquellas que compartimos sin compartirnos aún,
pero que aullaban a la luna
todos los mensajes entre líneas.
Puede que un día, entre los bares,
deje de recordar aquel al que nunca había ido
y que pisé contigo por primera vez.
Puede que olvide la gracia de toda esta casualidad,
puede que me canse de estar maldita,
puede que me maldiga a mí misma,
puede que mis pasos ya no piensen hacia atrás.
Puede que un día lo haga.
Puede que un día acepte
la sucesión de casualidades
de pasos
de calles
de decisiones
de bares
de sitios
de cambios
que, años después,
nos llevó a tenernos uno frente al otro,
sentados en la terraza de un bar
sin entender que somos desconocidos
con el pecho ardiendo.
Puede que un día acepte que es algo normal.
Puede que acepte
que recordarnos de esta manera
sin haber cruzado palabra jamás
y burlarnos del tiempo que ha pasado cuando nos encontramos,
es normal.
Puede que acepte
que hablar sin palabras
y entendernos
y mirar dentro del otro con tan solo asomarse a sus ojos,
es normal.
Puede que acepte
que esta llegada magistral,
esta entrada en mi vida
de una persona como tú,
con toda su música
con toda su mente
con toda su historia
con toda su sensibilidad,
es normal.
Puede que un día acepte
que toda esta casualidad
con su magnitud titánica y sus ganas de ser,
me ha abrazado para irse como llegó.
Puede que un día lo haga.
Y supongo que es que, al final,
me resisto,
me niego,
y alejo de mí la posibilidad de contemplar
que nada de esto ha tenido sentido.
Y ya sé que no se entiende,
que estas cosas no hay quien las entienda,
pero yo sólo quería abrazarlo todo
y sonreír
y brindar
y compartir,
sin más.
Pero no te preocupes,
sé que un día,
un día...
...lo haré.
jueves, 20 de septiembre de 2018
La llegada
Se me caen las palabras al suelo y allí, en el suelo, se rompen. Y yo las miro desde arriba. Pobres. Inconsciente de mí, sin saber que yo soy ellas, que ellas me hacen a mí y se están quebrando. Pero cómo mantenerlas a flote. Cómo mantener mis palabras en calma, quietas, castigadas. Que no hablen, que se callen, que me traicionan y ya no hay vuelta atrás.
Ya no importa; ya han llegado. Están dentro de mí. Me arañan y me acarician con movimientos imposibles. Mis palabras ya no pueden hacer nada. Me han mirado y me han visto por dentro, donde no existe lenguaje ni avance humano para que un sonido moldeado pueda tener sentido. Allí reina lo primitivo, lo natural, lo inesperado y el impulso. Todo es salvaje y pura calma. Los conceptos del mundo real desaparecen allí dentro, la realidad visual que nos rodea se esfuma. Ya no sé lo que es real y lo que no. ¿Estoy soñando? Me lanzan esa posibilidad, la de pensar que nada de esto esté ocurriendo en realidad y mientras, dentro de mí, algo me susurra que espera que no.
Yo sólo puedo mirarles y admirar la brutalidad de su llegada. Intentar comprender cómo llegaron a estar frente a mí, y luego más cerca, y un poco más, y alcanzarme por dentro. Caminan por mis rincones, me surcan y me recorren. Recorto y memorizo sus siluetas, sus líneas, en mis pupilas, en silencio. Lo guardo todo, como si de un tesoro se tratase. Como algo íntimo y personal, cargado de esencia. Con una delicadeza extrema comprendo que guardo memorias que me acariciarán siempre que las vuelva a mirar de frente. Tal y como hacen ellos, con su huella única, desconocida y esperada. Con su huella incesante, como una corriente de aire fresco.
¿Qué me han hecho? ¿Cómo lo han hecho? Ni siquiera ellos lo saben, tan sólo ocurre. Pero no importa, ¿qué podríamos haber perdido? Es todo lo que entendemos cuando no tenemos nada que entender. Deseo mirarles también y eso hago. Dejo que me abriguen. Ellos me rodean, y de qué manera... Pareciera que el aire se pudiese romper en mil pedazos cuando se acercaban a mí. El silencio se palpa, y ni siquiera recuerdo cómo respirar. Mis músculos, mi cuerpo, ya no responde ante mí. Estoy perdida en toda aquella belleza. Y lo acepto. Estoy gritando sin palabras y sin voz a los cuatro vientos. Y lo acepto. Ellos recortan distancias, invaden mis entrañas como si fueran olas del mar, llegan sin avisar, pero están ahí, mirándome. Saben leerme. Y yo los abrazo, sin miedo, sin tapujos, sin más. Voy a saltar.
¿Que de qué hablo?
De los lobos, mi niño.
De tus lobos.
Ya no importa; ya han llegado. Están dentro de mí. Me arañan y me acarician con movimientos imposibles. Mis palabras ya no pueden hacer nada. Me han mirado y me han visto por dentro, donde no existe lenguaje ni avance humano para que un sonido moldeado pueda tener sentido. Allí reina lo primitivo, lo natural, lo inesperado y el impulso. Todo es salvaje y pura calma. Los conceptos del mundo real desaparecen allí dentro, la realidad visual que nos rodea se esfuma. Ya no sé lo que es real y lo que no. ¿Estoy soñando? Me lanzan esa posibilidad, la de pensar que nada de esto esté ocurriendo en realidad y mientras, dentro de mí, algo me susurra que espera que no.
Yo sólo puedo mirarles y admirar la brutalidad de su llegada. Intentar comprender cómo llegaron a estar frente a mí, y luego más cerca, y un poco más, y alcanzarme por dentro. Caminan por mis rincones, me surcan y me recorren. Recorto y memorizo sus siluetas, sus líneas, en mis pupilas, en silencio. Lo guardo todo, como si de un tesoro se tratase. Como algo íntimo y personal, cargado de esencia. Con una delicadeza extrema comprendo que guardo memorias que me acariciarán siempre que las vuelva a mirar de frente. Tal y como hacen ellos, con su huella única, desconocida y esperada. Con su huella incesante, como una corriente de aire fresco.
¿Qué me han hecho? ¿Cómo lo han hecho? Ni siquiera ellos lo saben, tan sólo ocurre. Pero no importa, ¿qué podríamos haber perdido? Es todo lo que entendemos cuando no tenemos nada que entender. Deseo mirarles también y eso hago. Dejo que me abriguen. Ellos me rodean, y de qué manera... Pareciera que el aire se pudiese romper en mil pedazos cuando se acercaban a mí. El silencio se palpa, y ni siquiera recuerdo cómo respirar. Mis músculos, mi cuerpo, ya no responde ante mí. Estoy perdida en toda aquella belleza. Y lo acepto. Estoy gritando sin palabras y sin voz a los cuatro vientos. Y lo acepto. Ellos recortan distancias, invaden mis entrañas como si fueran olas del mar, llegan sin avisar, pero están ahí, mirándome. Saben leerme. Y yo los abrazo, sin miedo, sin tapujos, sin más. Voy a saltar.
¿Que de qué hablo?
De los lobos, mi niño.
De tus lobos.
martes, 21 de noviembre de 2017
Reflejos, desencajes y corazón
¿No te sientes más pequeño?
Me vi situada entre dos espejos, en el centro de miles de caras reflejadas unas en otras, de miradas que se clavaban en mí y que eran las mías propias. Mi torpeza fue brutal, 'nunca encontraré un lugar donde al fin me entienda'. Me perdí en mi universo...y tú. En millones de mundos que iban a estallar si mi vida era la apuesta, en ti y en nuestras casualidades del revés, en nuestra suerte incomprendida, en nuestros momentos de desencuentro constante, en nuestro imán casi innato. Infinita ingenuidad, ilusión centesimal, me creía tan capaz... Podría ser tan fácil. Sería espectacular si fueran reversibles aquellas noches de incendio.
En la oscuridad, cuando nadie me ve, cuando no hay espejos y huyo incluso de mis miradas, escapo hacia ti. Te veo en aquel primer encuentro y me veo a tu lado. Observo cómo aquel día hiciste algo mágico: me enviaste hasta el espacio y me devolviste a mi cama; supe que ya te llevaba dentro. Visito las miradas que gritaban todo lo que los dos callábamos, cuando empezábamos a ser contradicción. Respiro el momento de uno de nuestros abrazos, tan únicos y diferentes. Me cuelo en aquel parque donde nos sentamos la primera vez que nos perdimos, entre lágrimas y demasiada incomprensión. Cuando te marchas, me quedo allí sentada durante meses y al fin, consigo levantarme y abandonar aquel banco. Revivo el reencuentro, tiempo después, aquella noche, y vuelvo a ser una niña cuando miro en tus ojos. Y me empapo de todo lo que volvió a despertar, y me pregunto si alguna vez se fue del todo, y escucho la respuesta dentro de mi pecho: 'no'. Y aunque no lo digo en voz alta, admito que jamás te has ido, que jamás quise dejarte ir. Pero entonces sé que pronto serás de viento. Que cuando mis dedos te toquen, te desvanecerás. Que llegará otra pérdida, justo cuando pensaba que te volvía a recuperar. Y llega. Nos miro desde fuera, sentados, rotos en silencio, los ojos húmedos, la boca seca, las manos frías. Charlamos y bebemos, para amortiguar el dolor quizá. El humo nos ayuda a esconder la realidad por momentos. Y de fondo, como un ruido sordo, el peso de saber que los minutos que compartimos, los que tratamos de alargar, son los últimos. El peso de un segundo adiós. El peso de no saber cuándo volveremos, si volvemos. El peso del 'no te vayas' que no te pude pedir, el peso del 'no te vayas' que quisiera cumplir.
Entonces despierto entre amargos espejos. Me vuelven a acechar todas mis miradas, me hago pequeña. Y escondo tras mi rostro que, aunque ya no te pueda mirar, siempre te veo. Que no podré enterrarte. Que la respuesta sigue latiendo en mi pecho. Que el tiempo hace trampas. Que le haré trampas al sol y volveré a la oscuridad donde nadie me ve, donde nadie nos mira.
Donde pueda volverte a ver...aunque tú no lo sepas.
viernes, 17 de noviembre de 2017
Las palabras que no decimos en voz alta
- A ver, digamos que desde que eras un niño, siempre has soñado con tener algún día un león. Y esperas, esperas, esperas, esperas y esperas, y el león nunca llega. Y de pronto llega una jirafa. Y puedes estar solo o estar con la jirafa.
- Yo esperaría al león.
- Por eso me preocupas tanto.
Begginers
Recuerdo cuando yo fui tú. Recuerdo el guion de esa película, recuerdo decir que yo también esperaría al león. Recuerdo el dibujo que hice días después con las manos rotas y los ojos vacíos, recuerdo la triste y dura verdad que sus trazos escondían. Recuerdo las palabras que nunca dije en voz alta. Recuerdo el primer día y lo que supe en cuanto miré dentro de ti. Recuerdo la tinta sobre el papel, las risas. Recuerdo las altas horas de las noches entre semana. Recuerdo esperar, apostarlo todo, decidir no tener miedo... Recuerdo entregarme sin trampas.
Y recuerdo que decidiste marcharte, leerme y quedarte con eso. Recuerdo que después te perdí y decidí dejarte ir de mí. Recuerdo darte por perdido. Recuerdo aceptar el peso de tu marcha sobre mis hombros y seguir adelante. Recuerdo emprender nuevos caminos. Recuerdo que todos mis miedos volvieron. Recuerdo recoger las armaduras que tiré al suelo por ti. Te recuerdo.
Recuerda cuando tú fuiste yo.
Recuérdame.
jueves, 8 de junio de 2017
Posdata (II)
No te fíes de todos aquellos visionarios que te hablen de este mundo sin caballos galopando en la mirada. Jamás escuches a quien no alce la vista de vez en cuando para mirarle las bragas a una estrella. Sabes que no van a llorar de emoción tras un orgasmo, o por una canasta sobre la bocina del eterno segundón.
Sigue el ejemplo de los locos necesarios que se abrochan a la vida cuando quitan un botón, los que encuentran a dios al abrir tu cremallera. Síguelos a ellos, a los que piensan que sólo el amor puede hacer que lo imposible se vuelva a repetir, a los poetas que saben que quien tiene un lápiz, lleva un paraíso en el bolsillo. Sigue sólo a esos, a los que buscan la hermosura en la niebla de un poema, aquellos que cuando tocan una piel...comprenden todo.
Y huye. Huye de quien tenga tanta razón que nunca tenga nada, de aquellos que jamás dudan, porque estarán mintiendo. Huye de quien no crea que el lunes tiene un callejón hacia el nirvana, de todo aquel que no considere que no hay niños malcriados, sino adultos que malcrían. Y huye del hombre que no piense que quien aparta los ojos de la pobreza también se ha vuelto un cómplice al hacerlo. De quien te diga que la felicidad es un crucero con pulsera, y no una muchacha de risa floja y ojos hambrientos de infinitos. No te fíes de quien defiende a esos corruptos que, cuando sobra agua, se inventan un modo de vender la sed.
Y ama. Ama aunque nunca tengas suelto. Y recuerda que no hay peor amor que el que no se da por miedo a que te dañen, y que ningún amor no correspondido puede matarte, salvo aquel que no sientes por ti mismo. Conviene no olvidar que uno y uno suman uno entero, cuando de quien te enamoras es de ti. Que cuando te caigas, nadie te convenza de que la solución está en democratizar el suelo para todos, sino en encontrar la escalera de subida hacia ti mismo. Y para eso, tendrás que preguntar a las baldosas sobre el golpe.
Y evita los consejos, cualesquiera que sean, que no pongan tu corazón al frente.
Y olvida también estos consejos, uno a uno...
...y sé feliz.
Sigue el ejemplo de los locos necesarios que se abrochan a la vida cuando quitan un botón, los que encuentran a dios al abrir tu cremallera. Síguelos a ellos, a los que piensan que sólo el amor puede hacer que lo imposible se vuelva a repetir, a los poetas que saben que quien tiene un lápiz, lleva un paraíso en el bolsillo. Sigue sólo a esos, a los que buscan la hermosura en la niebla de un poema, aquellos que cuando tocan una piel...comprenden todo.
Y huye. Huye de quien tenga tanta razón que nunca tenga nada, de aquellos que jamás dudan, porque estarán mintiendo. Huye de quien no crea que el lunes tiene un callejón hacia el nirvana, de todo aquel que no considere que no hay niños malcriados, sino adultos que malcrían. Y huye del hombre que no piense que quien aparta los ojos de la pobreza también se ha vuelto un cómplice al hacerlo. De quien te diga que la felicidad es un crucero con pulsera, y no una muchacha de risa floja y ojos hambrientos de infinitos. No te fíes de quien defiende a esos corruptos que, cuando sobra agua, se inventan un modo de vender la sed.
Y ama. Ama aunque nunca tengas suelto. Y recuerda que no hay peor amor que el que no se da por miedo a que te dañen, y que ningún amor no correspondido puede matarte, salvo aquel que no sientes por ti mismo. Conviene no olvidar que uno y uno suman uno entero, cuando de quien te enamoras es de ti. Que cuando te caigas, nadie te convenza de que la solución está en democratizar el suelo para todos, sino en encontrar la escalera de subida hacia ti mismo. Y para eso, tendrás que preguntar a las baldosas sobre el golpe.
Y evita los consejos, cualesquiera que sean, que no pongan tu corazón al frente.
Y olvida también estos consejos, uno a uno...
...y sé feliz.
lunes, 5 de junio de 2017
Algo. Siempre.
Algo. Siempre.
Nos dice que latimos, que seguimos siendo en la distancia más silenciosa y que, a la vez, crea todo el ruido entre nosotros. Nos lastima un poco con sus garras, pero también nos hace fuertes. Nos sienta bien pelear, y es que tenemos carne de titán; no quieras negarlo.
Algo, a través de la ausencia que grita, a través de los kilómetros o los años luz, nos dice que seguimos en el camino adecuado. Siempre. A través de toda la paciencia, a través de todos los despertares a media vida y de los sueños más guardados. Nos habla. Nos toca, como una mano invisible, y nos rodea con todo su amor, que sólo trae la paz de un océano en calma, esa que nos falta ahora y que no encontramos. Pero gracias a esa mano sabemos que llegará.
Algo, siempre, nos va relatando al oído las instrucciones para dejar ir y también para dejar llegar. Y al mismo tiempo, nos puede desgarrar y levantarnos. Nos deja sin habla para que hablemos sin palabras. Para decir todo lo que aún no se ha volcado, para sacarnos a nosotros mismos de nuestras corazas, de nuestras propias trampas, para sentirnos indefensos y jodidamente humanos.
Algo, siempre, nos hace temblar de miedo y de frío, y sabemos que quizás el miedo se alivie con la indiferencia, pero no el invierno que alimentamos por dentro. Nos cuenta historias antes de dormir pero el momento de descansar no llega nunca, y acumulamos ojeras, preocupaciones y palabras que nos torturan.
Y es que algo, siempre, nos envuelve en cada rincón y a cada segundo que cerramos los ojos y nos vemos dentro de nuestras tripas. Nos rodea cuando pensamos en aquella mirada, en aquella sonrisa inocente, en aquellos silencios repletos de momentos que no permitimos nacer.
Algo. Siempre. Latiendo más allá de todo el ruido entre nosotros...
Nos dice que latimos, que seguimos siendo en la distancia más silenciosa y que, a la vez, crea todo el ruido entre nosotros. Nos lastima un poco con sus garras, pero también nos hace fuertes. Nos sienta bien pelear, y es que tenemos carne de titán; no quieras negarlo.
Algo, a través de la ausencia que grita, a través de los kilómetros o los años luz, nos dice que seguimos en el camino adecuado. Siempre. A través de toda la paciencia, a través de todos los despertares a media vida y de los sueños más guardados. Nos habla. Nos toca, como una mano invisible, y nos rodea con todo su amor, que sólo trae la paz de un océano en calma, esa que nos falta ahora y que no encontramos. Pero gracias a esa mano sabemos que llegará.
Algo, siempre, nos va relatando al oído las instrucciones para dejar ir y también para dejar llegar. Y al mismo tiempo, nos puede desgarrar y levantarnos. Nos deja sin habla para que hablemos sin palabras. Para decir todo lo que aún no se ha volcado, para sacarnos a nosotros mismos de nuestras corazas, de nuestras propias trampas, para sentirnos indefensos y jodidamente humanos.
Algo, siempre, nos hace temblar de miedo y de frío, y sabemos que quizás el miedo se alivie con la indiferencia, pero no el invierno que alimentamos por dentro. Nos cuenta historias antes de dormir pero el momento de descansar no llega nunca, y acumulamos ojeras, preocupaciones y palabras que nos torturan.
Y es que algo, siempre, nos envuelve en cada rincón y a cada segundo que cerramos los ojos y nos vemos dentro de nuestras tripas. Nos rodea cuando pensamos en aquella mirada, en aquella sonrisa inocente, en aquellos silencios repletos de momentos que no permitimos nacer.
Algo. Siempre. Latiendo más allá de todo el ruido entre nosotros...
jueves, 1 de junio de 2017
La cuerda floja
Mírame bien, porque no hay más de lo que ves.
No hay piedras en mis manos, ni mentiras o viejos rencores. No hay cuchillos, no hay puñaladas, no hay dudas, ni miedos que me bloqueen. Mira bien mis manos, en las que, simplemente, no hay nada. Mira mis ojos, sé que puedes verme. Pero hazlo de frente, y no en la noche eterna. No me busques, ni tantees con tus dedos la oscuridad que envuelve tus largas noches, porque no me encontrarás allí. No te equivoques de lugar, no me pienses en rincones que no han de pensarme. Mírame por dentro, porque sé que sabes hacerlo, y cuando puedas ver, no tapes tus ojos; tira las vendas, llévalas lejos de ti y de mí.
Pero si no lo haces...
Si no lo haces, deja que me vaya, que me marche muy lejos de ti mientras me prometes que esto es lo que tú quieres. Muéstrame que todo esto no ha sido nada. Destapa mis noches sin dormir, cuélate bajo mi almohada y susúrrame que todo es mentira. Hazme despertar del desvelo, aunque sea a fuerza de desventuras. Clava tus ojos en mí, como haces siempre que me miras, y grítame sin palabras lo miserable que soy. Dímelo, de frente, con miedo o sin él. Rómpeme en mil pedazos, quiebra mis entrañas, aráñame las tripas; haz lo que quieras. Sé una roca, ponte todas tus máscaras, ármate de indiferencia, y dime que ésto es lo que tú quieres.
No hay piedras en mis manos, ni mentiras o viejos rencores. No hay cuchillos, no hay puñaladas, no hay dudas, ni miedos que me bloqueen. Mira bien mis manos, en las que, simplemente, no hay nada. Mira mis ojos, sé que puedes verme. Pero hazlo de frente, y no en la noche eterna. No me busques, ni tantees con tus dedos la oscuridad que envuelve tus largas noches, porque no me encontrarás allí. No te equivoques de lugar, no me pienses en rincones que no han de pensarme. Mírame por dentro, porque sé que sabes hacerlo, y cuando puedas ver, no tapes tus ojos; tira las vendas, llévalas lejos de ti y de mí.
Pero si no lo haces...
Si no lo haces, deja que me vaya, que me marche muy lejos de ti mientras me prometes que esto es lo que tú quieres. Muéstrame que todo esto no ha sido nada. Destapa mis noches sin dormir, cuélate bajo mi almohada y susúrrame que todo es mentira. Hazme despertar del desvelo, aunque sea a fuerza de desventuras. Clava tus ojos en mí, como haces siempre que me miras, y grítame sin palabras lo miserable que soy. Dímelo, de frente, con miedo o sin él. Rómpeme en mil pedazos, quiebra mis entrañas, aráñame las tripas; haz lo que quieras. Sé una roca, ponte todas tus máscaras, ármate de indiferencia, y dime que ésto es lo que tú quieres.
Si no me das palabras para entenderte,
al menos dame razones para marchar.
miércoles, 31 de mayo de 2017
Tu silencio
Por una fracción de segundo, vi lo que realmente había dentro de ti...
Todos ellos me hablaron.
Pero tú sólo escuchas(te) al miedo.
Déjate creerme.
martes, 30 de mayo de 2017
No te preocupes, mi niño. No te lastimes, no lo pases peor de lo realmente necesario. No te lamentes, no te arrepientas, no te fustigues.
No me pienses más.
No me pienses más.
Que no seré viento, ni brisa cargada de primavera.
Que no seré un ramo de amapolas, ni tampoco un campo de girasoles a pleno sol mientras viajamos.
Que no seré tu nombre, ni tú serás el mío.
No seré aroma, ni seré adrenalina.
No seré la música, ni el cantar de una guitarra.
No te preocupes, mi pequeño, tan asustado, tan lleno del mundo más cruel y más vacío.
Que no seré inseguridades, ni despertares, ni anocheceres, ni puestas del sol en sitios desconocidos.
Que no seré mi reflejo en tus lindos ojos, ni caricias en los desvelos que se buscan, ni palabras de las que desnudan sin quitar la ropa.
Que no seré canción, ni seré memoria o recuerdo triste; tampoco feliz.
Que no seré un ramo de amapolas, ni tampoco un campo de girasoles a pleno sol mientras viajamos.
Que no seré tu nombre, ni tú serás el mío.
No seré aroma, ni seré adrenalina.
No seré la música, ni el cantar de una guitarra.
No te preocupes, mi pequeño, tan asustado, tan lleno del mundo más cruel y más vacío.
Que no seré inseguridades, ni despertares, ni anocheceres, ni puestas del sol en sitios desconocidos.
Que no seré mi reflejo en tus lindos ojos, ni caricias en los desvelos que se buscan, ni palabras de las que desnudan sin quitar la ropa.
Que no seré canción, ni seré memoria o recuerdo triste; tampoco feliz.
Que no seré mano, abrazo, hombro o mirada.
Que no seré risas, ni lágrimas amargas, ni manantiales de pura felicidad, ni océanos en llamas, ni incendios de nieve.
No te preocupes, mi niño, tan lejos y tan cerca de todo y de nada.
No te lamentes, mi apenas historia, mi trocito de tiempo en pausa.
No te lamentes, mi apenas historia, mi trocito de tiempo en pausa.
Que no seré.
Que no serás.
Que no seremos.
lunes, 15 de mayo de 2017
El canal
Hoy caminaba a solas por mi mente. Avanzaba sin saber muy bien hacia dónde me dirigían mis pasos. Un pie delante y el otro atrás, y así para siempre durante un largo tiempo. Mi pelo flotaba alrededor de mi cabeza, bailaba con cuerpo propio y me acariciaba. Me contaba cosas al oído y yo cerraba los ojos y nunca paraba. Sentía que el aire me rozaba y era como agua fresca. Mi piel agradecía aquel tacto, se erizaba y estremecía. Al llegar al acantilado abría los ojos y mi espacio se transformaba en océano, desaparecían mis ropas y allí abajo no conseguía ver nada. Pero tenía que continuar, así que salté y comencé a bucear hacia lo más profundo de mi mente, donde ni siquiera yo podía ver.
Recuerdo la extraña sensación ser ciega en mi océano donde no existía el aire y de seguir avanzando hacia abajo, flotando en algún sitio de mi nada, en ningún sitio de mi todo. Me gustaba la sensación de no saber dónde acabaría y la mezclaba con un pequeño y lastimoso miedo que intentaba no alimentar. Algo me iba tocando al bucear, algo agradable y suave, confiado y dulce. Como si ya me conociera, me besaba el rostro y se hacía sentir en todo mi cuerpo; era más que el propio agua. Estaba en todas partes al mismo tiempo y como en los sueños, no recordaba cuándo llegó, parecía que siempre había estado allí, que nunca se había ido.
Una luz abismal cobró vida y estalló demasiado cerca de mí. Sentí que se iba aquel tacto que tanto y tan bien me había rodeado, salía huyendo y no me daba tiempo a reaccionar. Entonces supe que volvía a estar sola, que algo demasiado grande se aproximaba a mí y fue entonces, demasiado tarde, cuando supe poner nombre a aquel tacto que ya perdí. Mientras le lloraba por dentro, llegó a mí la onda expansiva. Mi cuerpo volteaba una y otra vez con violencia y sin control, sin nada ni nadie que pudiera detenerlo.
Cuando la inercia se cansó ya de ser, también yo había dejado de existir.
Desperté a orillas de un canal, donde el agua corría joven e inocente. Las copas de los árboles se mecían tranquilas creando olas y ecos. La tierra mojada se pegaba a mi cuerpo. Mi piel buscaba a aquel tacto que huyó.
En mis ojos, inmóviles, sólo se leía la reminiscencia de su nombre.
Aquel que nunca pronuncié,
aquel que siempre supe.
jueves, 6 de abril de 2017
Yo, yo misma y mi espejo
A veces el espejo no nos devuelve lo que esperamos recibir. Algunas veces, el espejo se rompe y me refracta la imagen equivocada o la que no pretendo ver. A veces mis ojos me miran y me buscan y no dejan de mirar y de ser ciegos que no me ven y no me encuentran. Me pierden y me llaman, pero yo me escondo y no hago caso. ¿Debería salir corriendo o quedarme donde estoy? ¿Debería cultivar dentro de mí apego o distancia? Desearía recordarte y ser capaz de mantenerme aquí, frente al espejo, sin titubear. Pero se rompe, me rompe(s).
Algunas veces, mientras avanzo por el camino, te observo hace años y te descubro aún dentro de mí. Como si jamás te hubieses ido, a años luz, dentro del espejo, ¿pero dónde exactamente? Te ríes aún, allí, sobre aquel suelo y bajo aquellos árboles. La gente se movía más de lo que yo recordaba, pero tú y yo estábamos quietos, unidos casi sin querer, pretendíamos hacer creer al mundo que nuestro roce era una casualidad y no algo que ambos buscábamos. Como sedientos, como animales, como gotas de agua, como dos notas de música, como luz en un rayo. Nos uníamos y sólo hacía falta una mirada. Hacíamos que todo fuese natural, hacíamos que todo fuese fácil, y nos dábamos cuenta de la felicidad que todo eso nos revocaba. Puedo ver la fascinación en mis ojos, al descubrir que aún existen personas así, al descubrir que existes, al mirar dentro de ti y sentirme tan abrazada allí dentro. Sí, aún puedo verme allí; parezco feliz. Nos miro con una delicadeza extrema y me dejo moldear por nuestra propia calidez. Allí, en ese momento que he conseguido congelar, aún somos complicidad.
A veces, debemos elegir. Otras veces debemos entender. A veces debemos recordar, y otras veces dejar ir.
A veces espejo.
A veces camino.
A veces me miro.
Siempre te veo.
Algunas veces, mientras avanzo por el camino, te observo hace años y te descubro aún dentro de mí. Como si jamás te hubieses ido, a años luz, dentro del espejo, ¿pero dónde exactamente? Te ríes aún, allí, sobre aquel suelo y bajo aquellos árboles. La gente se movía más de lo que yo recordaba, pero tú y yo estábamos quietos, unidos casi sin querer, pretendíamos hacer creer al mundo que nuestro roce era una casualidad y no algo que ambos buscábamos. Como sedientos, como animales, como gotas de agua, como dos notas de música, como luz en un rayo. Nos uníamos y sólo hacía falta una mirada. Hacíamos que todo fuese natural, hacíamos que todo fuese fácil, y nos dábamos cuenta de la felicidad que todo eso nos revocaba. Puedo ver la fascinación en mis ojos, al descubrir que aún existen personas así, al descubrir que existes, al mirar dentro de ti y sentirme tan abrazada allí dentro. Sí, aún puedo verme allí; parezco feliz. Nos miro con una delicadeza extrema y me dejo moldear por nuestra propia calidez. Allí, en ese momento que he conseguido congelar, aún somos complicidad.
A veces, debemos elegir. Otras veces debemos entender. A veces debemos recordar, y otras veces dejar ir.
A veces espejo.
A veces camino.
A veces me miro.
Siempre te veo.
lunes, 27 de marzo de 2017
Ojeras y papel
Hay días que escuecen y parecen querer diseccionarte y abrir tu pecho en dos. Hay veces en las que no sirve de nada correr, dejarlo ir o mirar hacia otro lado. Hay noches en las que tus ojos duelen al dormir y mañanas en las que aún persiste el estruendo en tus ojeras. Hay cuchillos que vuelan por el aire y verdades que se arrastran, miserables, por el suelo, sin nadie que las recoja y les de calor, o al menos un sitio donde pasar el rato. Hay momentos vacíos y muertos donde se van hundiendo sin ser conscientes mis ojos yertos. Hay incendios y también nieve, torbellinos y calma.
Y quizá, a estas alturas, resulte tan ridícula como crédula, y sea la única que recuerde la brisa de aquella tarde. Quizá fui la única que te sintió allí de nuevo, o que creyó sentirte. Quizá sólo me engañaba. Quizá yo no te inundaba cuando me vertía en tu mirada, quizá no llegue a tanto...¿llegué acaso a nada? Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya, y amontonado en tu arena, guardo amor, juegos y penas. Tan pronto como te acercas, te vas, después de besar mi aldea. Quizá fue que bajé la guardia, quizá fue que nunca tuve el valor de alzarla contigo, quizá cuando te veo me hago pequeña y grande a la vez, quizá seas el único que sepa contarme mil historias y leerme a la vez. Quizá todo esto sea humo y yo estúpida.
Y ahora siempre tiemblo y tengo frío y, en el silencio que me regalas, te busco a ciegas negando las respuestas que tanto miedo me provocan. Y yo lo veo todo desde fuera y desde dentro a la vez, protagonista y secundaria de mi propia historia y de mi propia piel, me siento y me veo romper. Pierdo el rumbo, arruino mi equilibrio, se tambalean mis cimientos y mis ojos (dentro y fuera) se clavan en el barro; el viejo lodo ha vuelto. Pero no hago nada, ya no encuentro fuerzas y me dejo inundar. El vacío hace su trabajo y, a fuerza de desventuras, moldea a mi alma, y la hace más profunda y oscura.
¿Dónde está aquella mujer perfumada de brea?
La que se añora y se teme, la que se conoce y se quiere...
Y quizá, a estas alturas, resulte tan ridícula como crédula, y sea la única que recuerde la brisa de aquella tarde. Quizá fui la única que te sintió allí de nuevo, o que creyó sentirte. Quizá sólo me engañaba. Quizá yo no te inundaba cuando me vertía en tu mirada, quizá no llegue a tanto...¿llegué acaso a nada? Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya, y amontonado en tu arena, guardo amor, juegos y penas. Tan pronto como te acercas, te vas, después de besar mi aldea. Quizá fue que bajé la guardia, quizá fue que nunca tuve el valor de alzarla contigo, quizá cuando te veo me hago pequeña y grande a la vez, quizá seas el único que sepa contarme mil historias y leerme a la vez. Quizá todo esto sea humo y yo estúpida.
Y ahora siempre tiemblo y tengo frío y, en el silencio que me regalas, te busco a ciegas negando las respuestas que tanto miedo me provocan. Y yo lo veo todo desde fuera y desde dentro a la vez, protagonista y secundaria de mi propia historia y de mi propia piel, me siento y me veo romper. Pierdo el rumbo, arruino mi equilibrio, se tambalean mis cimientos y mis ojos (dentro y fuera) se clavan en el barro; el viejo lodo ha vuelto. Pero no hago nada, ya no encuentro fuerzas y me dejo inundar. El vacío hace su trabajo y, a fuerza de desventuras, moldea a mi alma, y la hace más profunda y oscura.
¿Dónde está aquella mujer perfumada de brea?
La que se añora y se teme, la que se conoce y se quiere...
miércoles, 22 de marzo de 2017
Esquemas rotos
La realidad se derrumba ante mis ojos, lentamente. Observo con total nitidez como estalla, se resquebraja y se hunde, envuelta en un silencio helado y mordaz. Y yo me hago pequeña, olvidé cómo hablar. ¿Cuándo me hice tan insignificante ante mis propios ojos? Como un triste sueño, allí estaba sin saber cómo ni por qué. Trataba de articular alguna palabra, hacerme ver que podía reaccionar, que podía manejar la situación, pero apenas conseguía mover la boca. Ni siquiera podía apartar la vista. Aquello tenía una belleza tan peculiar y dolorosa...
[...]
Te rodea la magia. Tus palabras nacen de una profundidad abismal. Tu mirada se clava, se agarra y se queda para siempre. Tu voz atrapa y baila por mi cuerpo, inocente y juvenil, repleta de vida y de deseo. Tus movimientos no pesan y te elevas. Transformas la habitación, la llenas con tu figura, con tu olor, con tu risa de niño. Plasmas para siempre en mí aquel pequeño y hermoso zaguán, donde tu luz volvió a ser faro, donde nuestras miradas se atravesaron con delicadeza, donde nos desnudamos sin quitarnos la ropa y abrazaste una vez más a mi alma con aquella facilidad ya olvidada...
[...]
Habitación en penumbras. De los rincones salen monstruos, los que me saludaban desde debajo de mi cama, aunque aún no se atreven a tocar los rayos de luz; aquellos que intento mantener, con los que rodeo mi cuerpo y trato de protegerme. Pero ellos huelen mi miedo y yo lo sé. Todos, en la habitación en penumbras, somos conscientes de la situación, conocemos mi mente y me miran directos a los ojos. Me hablan con esos desagradables gruñidos, me arañan las tripas con sus palabras y el ruido me desvela y me corrompe. Yo intento abrazar a mis pobres rayos de luz, cuidarlos y sostenerlos en mi pecho, en mi calor, dentro de mí. Pero la habitación en penumbras se va llenando de seres extraños y a los monstruos les crece el pelo cada vez más, aumentan de tamaño y sus garras casi me rozan, sedientas de luz y de sangre.
[...]
Llega el desencuentro y me desbordo. Se derrama el océano dentro de mí y la tempestad me amenaza. Mi luz parece haberse ido y los monstruos me miran con brillo de matar. La realidad comienza a temblar y llegan las primeras grietas, y escucho a lo lejos los primeros derrumbes, las primeras caídas y el eco de mil sombras rumbo a mi corazón. Los monstruos dan un paso adelante, vienen a por mí. Me tiembla el corazón y noto cómo se encoge. Miro hacia arriba y les planto batalla...
[...]
Al final, la sed es demasiado fuerte. Y tu luz, una soñada fuente.
[...]
Te rodea la magia. Tus palabras nacen de una profundidad abismal. Tu mirada se clava, se agarra y se queda para siempre. Tu voz atrapa y baila por mi cuerpo, inocente y juvenil, repleta de vida y de deseo. Tus movimientos no pesan y te elevas. Transformas la habitación, la llenas con tu figura, con tu olor, con tu risa de niño. Plasmas para siempre en mí aquel pequeño y hermoso zaguán, donde tu luz volvió a ser faro, donde nuestras miradas se atravesaron con delicadeza, donde nos desnudamos sin quitarnos la ropa y abrazaste una vez más a mi alma con aquella facilidad ya olvidada...
[...]
Habitación en penumbras. De los rincones salen monstruos, los que me saludaban desde debajo de mi cama, aunque aún no se atreven a tocar los rayos de luz; aquellos que intento mantener, con los que rodeo mi cuerpo y trato de protegerme. Pero ellos huelen mi miedo y yo lo sé. Todos, en la habitación en penumbras, somos conscientes de la situación, conocemos mi mente y me miran directos a los ojos. Me hablan con esos desagradables gruñidos, me arañan las tripas con sus palabras y el ruido me desvela y me corrompe. Yo intento abrazar a mis pobres rayos de luz, cuidarlos y sostenerlos en mi pecho, en mi calor, dentro de mí. Pero la habitación en penumbras se va llenando de seres extraños y a los monstruos les crece el pelo cada vez más, aumentan de tamaño y sus garras casi me rozan, sedientas de luz y de sangre.
[...]
Llega el desencuentro y me desbordo. Se derrama el océano dentro de mí y la tempestad me amenaza. Mi luz parece haberse ido y los monstruos me miran con brillo de matar. La realidad comienza a temblar y llegan las primeras grietas, y escucho a lo lejos los primeros derrumbes, las primeras caídas y el eco de mil sombras rumbo a mi corazón. Los monstruos dan un paso adelante, vienen a por mí. Me tiembla el corazón y noto cómo se encoge. Miro hacia arriba y les planto batalla...
[...]
Al final, la sed es demasiado fuerte. Y tu luz, una soñada fuente.
miércoles, 28 de octubre de 2015
*
No sabría decir con certeza dónde me encontraba.
Sí, ya, en aquella calle, en aquella parada. Pero, ¿dónde?
Podía escucharme por dentro. Las mareas se desbordaban como locas, chocaban contra mis paredes, rompían mis vidrios y las lascas me arañaban las tripas. Dentro de mí, tomó vida y nació un perfecto amasijo de sangre y cristales. Entonces preferí mirar lo que había fuera, lo que me rodeaba, pero me di cuenta de que en ningún momento había cerrado los ojos. No veía. No veía nada. No existía nada allí fuera. Solo veía la sangre, los cristales. Veía con los ojos mis propios gritos, los que no salían de mi boca, sino de mis tripas, donde supongo que en alguna parte se encontraba mi corazón.
Sí, ya, en aquella calle, en aquella parada. Pero, ¿dónde?
Podía escucharme por dentro. Las mareas se desbordaban como locas, chocaban contra mis paredes, rompían mis vidrios y las lascas me arañaban las tripas. Dentro de mí, tomó vida y nació un perfecto amasijo de sangre y cristales. Entonces preferí mirar lo que había fuera, lo que me rodeaba, pero me di cuenta de que en ningún momento había cerrado los ojos. No veía. No veía nada. No existía nada allí fuera. Solo veía la sangre, los cristales. Veía con los ojos mis propios gritos, los que no salían de mi boca, sino de mis tripas, donde supongo que en alguna parte se encontraba mi corazón.
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