jueves, 8 de junio de 2017

Posdata (II)

No te fíes de todos aquellos visionarios que te hablen de este mundo sin caballos galopando en la mirada. Jamás escuches a quien no alce la vista de vez en cuando para mirarle las bragas a una estrella. Sabes que no van a llorar de emoción tras un orgasmo, o por una canasta sobre la bocina del eterno segundón.

Sigue el ejemplo de los locos necesarios que se abrochan a la vida cuando quitan un botón, los que encuentran a dios al abrir tu cremallera. Síguelos a ellos, a los que piensan que sólo el amor puede hacer que lo imposible se vuelva a repetir, a los poetas que saben que quien tiene un lápiz, lleva un paraíso en el bolsillo. Sigue sólo a esos, a los que buscan la hermosura en la niebla de un poema, aquellos que cuando tocan una piel...comprenden todo.

Y huye. Huye de quien tenga tanta razón que nunca tenga nada, de aquellos que jamás dudan, porque estarán mintiendo. Huye de quien no crea que el lunes tiene un callejón hacia el nirvana, de todo aquel que no considere que no hay niños malcriados, sino adultos que malcrían. Y huye del hombre que no piense que quien aparta los ojos de la pobreza también se ha vuelto un cómplice al hacerlo. De quien te diga que la felicidad es un crucero con pulsera, y no una muchacha de risa floja y ojos hambrientos de infinitos. No te fíes de quien defiende a esos corruptos que, cuando sobra agua, se inventan un modo de vender la sed.

Y ama. Ama aunque nunca tengas suelto. Y recuerda que no hay peor amor que el que no se da por miedo a que te dañen, y que ningún amor no correspondido puede matarte, salvo aquel que no sientes por ti mismo. Conviene no olvidar que uno y uno suman uno entero, cuando de quien te enamoras es de ti. Que cuando te caigas, nadie te convenza de que la solución está en democratizar el suelo para todos, sino en encontrar la escalera de subida hacia ti mismo. Y para eso, tendrás que preguntar a las baldosas sobre el golpe.


Y evita los consejos, cualesquiera que sean, que no pongan tu corazón al frente.
Y olvida también estos consejos, uno a uno...

...y sé feliz.

lunes, 5 de junio de 2017

Algo. Siempre.

Algo. Siempre.

Nos dice que latimos, que seguimos siendo en la distancia más silenciosa y que, a la vez, crea todo el ruido entre nosotros. Nos lastima un poco con sus garras, pero también nos hace fuertes. Nos sienta bien pelear, y es que tenemos carne de titán; no quieras negarlo.

Algo, a través de la ausencia que grita, a través de los kilómetros o los años luz, nos dice que seguimos en el camino adecuado. Siempre. A través de toda la paciencia, a través de todos los despertares a media vida y de los sueños más guardados. Nos habla. Nos toca, como una mano invisible, y nos rodea con todo su amor, que sólo trae la paz de un océano en calma, esa que nos falta ahora y que no encontramos. Pero gracias a esa mano sabemos que llegará.

Algo, siempre, nos va relatando al oído las instrucciones para dejar ir y también para dejar llegar. Y al mismo tiempo, nos puede desgarrar y levantarnos. Nos deja sin habla para que hablemos sin palabras. Para decir todo lo que aún no se ha volcado, para sacarnos a nosotros mismos de nuestras corazas, de nuestras propias trampas, para sentirnos indefensos y jodidamente humanos.

Algo, siempre, nos hace temblar de miedo y de frío, y sabemos que quizás el miedo se alivie con la indiferencia, pero no el invierno que alimentamos por dentro. Nos cuenta historias antes de dormir pero el momento de descansar no llega nunca, y acumulamos ojeras, preocupaciones y palabras que nos torturan.

Y es que algo, siempre, nos envuelve en cada rincón y a cada segundo que cerramos los ojos y nos vemos dentro de nuestras tripas. Nos rodea cuando pensamos en aquella mirada, en aquella sonrisa inocente, en aquellos silencios repletos de momentos que no permitimos nacer.

Algo. Siempre. Latiendo más allá de todo el ruido entre nosotros...


jueves, 1 de junio de 2017

La cuerda floja

Mírame bien, porque no hay más de lo que ves.
No hay piedras en mis manos, ni mentiras o viejos rencores. No hay cuchillos, no hay puñaladas, no hay dudas, ni miedos que me bloqueen. Mira bien mis manos, en las que, simplemente, no hay nada. Mira mis ojos, sé que puedes verme. Pero hazlo de frente, y no en la noche eterna. No me busques, ni tantees con tus dedos la oscuridad que envuelve tus largas noches, porque no me encontrarás allí. No te equivoques de lugar, no me pienses en rincones que no han de pensarme. Mírame por dentro, porque sé que sabes hacerlo, y cuando puedas ver, no tapes tus ojos; tira las vendas, llévalas lejos de ti y de mí.

Pero si no lo haces...
Si no lo haces, deja que me vaya, que me marche muy lejos de ti mientras me prometes que esto es lo que tú quieres. Muéstrame que todo esto no ha sido nada. Destapa mis noches sin dormir, cuélate bajo mi almohada y susúrrame que todo es mentira. Hazme despertar del desvelo, aunque sea a fuerza de desventuras. Clava tus ojos en mí, como haces siempre que me miras, y grítame sin palabras lo miserable que soy. Dímelo, de frente, con miedo o sin él. Rómpeme en mil pedazos, quiebra mis entrañas, aráñame las tripas; haz lo que quieras. Sé una roca, ponte todas tus máscaras, ármate de indiferencia, y dime que ésto es lo que quieres.



Si no me das palabras para entenderte, 
al menos dame razones para marchar.



miércoles, 31 de mayo de 2017

Tu silencio

Por una fracción de segundo, vi lo que realmente había dentro de ti...

Me lo dijeron tus ojos y la delicadeza escondida en tus miradas. Me lo contaron tus silencios, frágiles e intensos. Tus movimientos inocentes hacia ninguna parte, tus aires, tu respirar. Me lo dijeron tus labios, sellados, sin saber por qué. Me lo dijo tu dulzura, tan pura y niña, siempre dentro de ti. Me lo dijeron los infiernos que guardas, los que no quieres compartir, los que tanto cargas; esos que tanto daño hacen. Me lo dijeron también tus cielos, los que tú no te permites ver, esos que brillan, casi olvidados, en tus miradas al trasluz. Me lo contaron tus manos, jugando a ser fuertes, batallando contra la realidad del interior que no reluce. Y me lo contó también tu piel, tan suave para mis ojos, extensa e inalcanzable, a medio metro de mi piel; a años luz de mí. 

Todos ellos me hablaron.
Pero tú sólo escuchas(te) al miedo.



Déjate creerme.









martes, 30 de mayo de 2017

No te preocupes, mi niño. No te lastimes, no lo pases peor de lo realmente necesario. No te lamentes, no te arrepientas, no te fustigues.
No me pienses más.


Que no seré viento, ni brisa cargada de primavera.
Que no seré un ramo de amapolas, ni tampoco un campo de girasoles a pleno sol mientras viajamos.
Que no seré tu nombre, ni tú serás el mío.
No seré aroma, ni seré adrenalina.
No seré la música, ni el cantar de una guitarra.

No te preocupes, mi pequeño, tan asustado, tan lleno del mundo más cruel y más vacío.

Que no seré inseguridades, ni despertares, ni anocheceres, ni puestas del sol en sitios desconocidos.
Que no seré mi reflejo en tus lindos ojos, ni caricias en los desvelos que se buscan, ni palabras de las que desnudan sin quitar la ropa.
Que no seré canción, ni seré memoria o recuerdo triste; tampoco feliz.
Que no seré mano, abrazo, hombro o mirada.
Que no seré risas, ni lágrimas amargas, ni manantiales de pura felicidad, ni océanos en llamas, ni incendios de nieve.

No te preocupes, mi niño, tan lejos y tan cerca de todo y de nada.
No te lamentes, mi apenas historia, mi trocito de tiempo en pausa.

Que no seré.
Que no serás.
Que no seremos.


lunes, 15 de mayo de 2017

El canal

Hoy caminaba a solas por mi mente. Avanzaba sin saber muy bien hacia dónde me dirigían mis pasos. Un pie delante y el otro atrás, y así para siempre durante un largo tiempo. Mi pelo flotaba alrededor de mi cabeza, bailaba con cuerpo propio y me acariciaba. Me contaba cosas al oído y yo cerraba los ojos y nunca paraba. Sentía que el aire me rozaba y era como agua fresca. Mi piel agradecía aquel tacto, se erizaba y estremecía. Al llegar al acantilado abría los ojos y mi espacio se transformaba en océano, desaparecían mis ropas y allí abajo no conseguía ver nada. Pero tenía que continuar, así que salté y comencé a bucear hacia lo más profundo de mi mente, donde ni siquiera yo podía ver.

Recuerdo la extraña sensación ser ciega en mi océano donde no existía el aire y de seguir avanzando hacia abajo, flotando en algún sitio de mi nada, en ningún sitio de mi todo. Me gustaba la sensación de no saber dónde acabaría y la mezclaba con un pequeño y lastimoso miedo que intentaba no alimentar. Algo me iba tocando al bucear, algo agradable y suave, confiado y dulce. Como si ya me conociera, me besaba el rostro y se hacía sentir en todo mi cuerpo; era más que el propio agua. Estaba en todas partes al mismo tiempo y como en los sueños, no recordaba cuándo llegó, parecía que siempre había estado allí, que nunca se había ido. 

Una luz abismal cobró vida y estalló demasiado cerca de mí. Sentí que se iba aquel tacto que tanto y tan bien me había rodeado, salía huyendo y no me daba tiempo a reaccionar. Entonces supe que volvía a estar sola, que algo demasiado grande se aproximaba a mí y fue entonces, demasiado tarde, cuando supe poner nombre a aquel tacto que ya perdí. Mientras le lloraba por dentro, llegó a mí la onda expansiva. Mi cuerpo volteaba una y otra vez con violencia y sin control, sin nada ni nadie que pudiera detenerlo.

Cuando la inercia se cansó ya de ser, también yo había dejado de existir. 

Desperté a orillas de un canal, donde el agua corría joven e inocente. Las copas de los árboles se mecían tranquilas creando olas y ecos. La tierra mojada se pegaba a mi cuerpo. Mi piel buscaba a aquel tacto que huyó. 

En mis ojos, inmóviles, sólo se leía la reminiscencia de su nombre.

Aquel que nunca pronuncié, 
aquel que siempre supe.




jueves, 6 de abril de 2017

Yo, yo misma y mi espejo

A veces el espejo no nos devuelve lo que esperamos recibir. Algunas veces, el espejo se rompe y me refracta la imagen equivocada o la que no pretendo ver. A veces mis ojos me miran y me buscan y no dejan de mirar y de ser ciegos que no me ven y no me encuentran. Me pierden y me llaman, pero yo me escondo y no hago caso. ¿Debería salir corriendo o quedarme donde estoy? ¿Debería cultivar dentro de mí apego o distancia? Desearía recordarte y ser capaz de mantenerme aquí, frente al espejo, sin titubear. Pero se rompe, me rompe(s). 
Algunas veces, mientras avanzo por el camino, te observo hace años y te descubro aún dentro de mí. Como si jamás te hubieses ido, a años luz, dentro del espejo, ¿pero dónde exactamente? Te ríes aún, allí, sobre aquel suelo y bajo aquellos árboles. La gente se movía más de lo que yo recordaba, pero tú y yo estábamos quietos, unidos casi sin querer, pretendíamos hacer creer al mundo que nuestro roce era una casualidad y no algo que ambos buscábamos. Como sedientos, como animales, como gotas de agua, como dos notas de música, como luz en un rayo. Nos uníamos y sólo hacía falta una mirada. Hacíamos que todo fuese natural, hacíamos que todo fuese fácil, y nos dábamos cuenta de la felicidad que todo eso nos revocaba. Puedo ver la fascinación en mis ojos, al descubrir que aún existen personas así, al descubrir que existes, al mirar dentro de ti y sentirme tan abrazada allí dentro. Sí, aún puedo verme allí; parezco feliz. Nos miro con una delicadeza extrema y me dejo moldear por nuestra propia calidez. Allí, en ese momento que he conseguido congelar, aún somos complicidad.

A veces, debemos elegir. Otras veces debemos entender. A veces debemos recordar, y otras veces dejar ir. 

A veces espejo. 
A veces camino.
A veces me miro.
Siempre te veo.