Cuando el tiempo se detuvo, pude visualizarlo desde fuera...
Flotaba tranquila entre sábanas negras que acariciaban mi cuerpo desnudo. Tocaban, fingiendo casualidad, mi espalda marmólea, mis labios dormidos, mis pies entrelazados, y entre ellas soplaba una leve brisa que traía el aroma del mar hasta mi nariz, y el sonido de las olas al romper hasta mis oídos aún despiertos. Cabellos de cobre bailaban alrededor de mi cabeza, como si me encontrase sumergida bajo el agua de un mar donde convivían armoniosamente la música y el silencio. Nunca jamás había visto existir la paz sin la guerra, la satisfacción sin el dolor, la vida sin la muerte; a excepción de allí.
Allí, mirándome a mí misma, pude ver paz sin necesidad de conocer la guerra. Pude sentir satisfacción sin recordar qué era el dolor. Pude sentirme viva, y perder de vista a la muerte.
Allí pude sentirme tan pequeña y protegida como si me encontrara en el vientre de mi madre. Se justificó mi existencia y sentí que volvía a amar.
Allí no tenía la necesidad de desear, pues el deseo muere automáticamente cuando se logra: fenece al satisfacerse. Y el amor, en cambio, es un eterno insatisfecho, que a veces hace de la bestia un hombre, y del hombre una bestia.
Allí, volví a mi interior y dormí durante varias eternidades...cuando se detuvo el tiempo.
martes, 30 de abril de 2013
domingo, 28 de abril de 2013
Compañero de viaje
Me topé hará un mes o así con un singular anciano, bastante rico (millonario, decían), y por unas u otras circunstancias, finalmente acabé junto a él paseando por un parque cerca de casa. Era una tarde bastante agradable, y la conversación con el sabio y rico anciano era fácil y se hacía amena. Llegamos caminando a unos rosales, punto en el que mi desconocido acompañante quiso hacer una parada. Nos sentamos en un banco que estaba juntos a los rosales, y entonces el anciano sonrió y comenzó así una de las lecciones más valiosas que jamás haya aprendido:
"Debo de haber olido estas rosas miles de veces y, sin embargo, cada vez es una experiencia diferente. ¿Sabe usted por qué? Porque he aprendido a vivir aquí y ahora. Olvidándome del pasado, sin importarme el futuro.
El secreto es extremadamente simple. Todo reside en la concentración mental. Cuanto más se concentra su mente, más vive ésta el presente, más absorta está en lo que hace. La concentración es la clave del éxito en todas las facetas de la vida. Cuanto más aumente su capacidad de concentración, con mayor rapidez y mayor eficacia podrá trabajar. Usted descubrirá los detalles que los demás pasan por alto. Llegará a darse cuenta de que los problemas de la vida no tienen ningún dominio sobre usted. Entonces comprenderá lo que voy a decirle a continuación, y que en estos momentos quizá le parezca una perogrullada un tanto banal. Las rosas sólo son importantes en la medida que la mente cree que lo son. Un problema sólo es un problema cuando se piensa que lo es. ¿Qué significa esto? Si usted considera que nada es serio, que nada es realmente importante, entonces nada será serio a sus ojos, nada será realmente importante. Los problemas le parecerán grandes e insolubles en proporción directa a la debilidad de su mente. Cuanto más fuerte sea la mente, más insignificantes le parecerán los problemas. Este es el secreto de la paz eterna. Así que concéntrese. Esta es una de las grandes claves del éxito.
Recuerde siempre que, a cierta altura, jamás hay nubes. Si las nubes en su vida le tapan la luz, es porque su espíritu no se ha elevado lo suficiente. La mayoría de las personas cometen el error de luchar con los problemas. Es como si constantemente se dedicaran a eliminar las nubes, a disolverlas a través de una especie de proceso mágico. Desde luego, tal vez puedan disolverlas temporalmente, pero las nubes siempre volverán a interponerse entre ellos y el sol, ocultando la luz, por brillante que esta sea. Lo que usted debe hacer es elevarse de una vez por todas por encima de las nubes, que se renuevan incesantemente...
Tal vez no haya entendido lo que acabo de decirle, pero acéptelo de buena fe."
Dicho esto, el anciano se puso en pie y dijo que debía irse a arreglar unos asuntos que le quedaban pendientes. Se despidió con un "ha sido un placer pasear y charlar con usted", y se marchó por donde habíamos venido. Y allí sentada en el banco, me quedé yo, junto a los rosales, atesorando cada palabra que el enigmático anciano con el que me topé me había dedicado. Me dije a mí misma que todo ocurría por alguna razón, y supe, sin lugar a dudas, que aquello había sido una señal. Una de las mejores y más valiosas de mi vida.
"Debo de haber olido estas rosas miles de veces y, sin embargo, cada vez es una experiencia diferente. ¿Sabe usted por qué? Porque he aprendido a vivir aquí y ahora. Olvidándome del pasado, sin importarme el futuro.
El secreto es extremadamente simple. Todo reside en la concentración mental. Cuanto más se concentra su mente, más vive ésta el presente, más absorta está en lo que hace. La concentración es la clave del éxito en todas las facetas de la vida. Cuanto más aumente su capacidad de concentración, con mayor rapidez y mayor eficacia podrá trabajar. Usted descubrirá los detalles que los demás pasan por alto. Llegará a darse cuenta de que los problemas de la vida no tienen ningún dominio sobre usted. Entonces comprenderá lo que voy a decirle a continuación, y que en estos momentos quizá le parezca una perogrullada un tanto banal. Las rosas sólo son importantes en la medida que la mente cree que lo son. Un problema sólo es un problema cuando se piensa que lo es. ¿Qué significa esto? Si usted considera que nada es serio, que nada es realmente importante, entonces nada será serio a sus ojos, nada será realmente importante. Los problemas le parecerán grandes e insolubles en proporción directa a la debilidad de su mente. Cuanto más fuerte sea la mente, más insignificantes le parecerán los problemas. Este es el secreto de la paz eterna. Así que concéntrese. Esta es una de las grandes claves del éxito.
Recuerde siempre que, a cierta altura, jamás hay nubes. Si las nubes en su vida le tapan la luz, es porque su espíritu no se ha elevado lo suficiente. La mayoría de las personas cometen el error de luchar con los problemas. Es como si constantemente se dedicaran a eliminar las nubes, a disolverlas a través de una especie de proceso mágico. Desde luego, tal vez puedan disolverlas temporalmente, pero las nubes siempre volverán a interponerse entre ellos y el sol, ocultando la luz, por brillante que esta sea. Lo que usted debe hacer es elevarse de una vez por todas por encima de las nubes, que se renuevan incesantemente...
Tal vez no haya entendido lo que acabo de decirle, pero acéptelo de buena fe."
Dicho esto, el anciano se puso en pie y dijo que debía irse a arreglar unos asuntos que le quedaban pendientes. Se despidió con un "ha sido un placer pasear y charlar con usted", y se marchó por donde habíamos venido. Y allí sentada en el banco, me quedé yo, junto a los rosales, atesorando cada palabra que el enigmático anciano con el que me topé me había dedicado. Me dije a mí misma que todo ocurría por alguna razón, y supe, sin lugar a dudas, que aquello había sido una señal. Una de las mejores y más valiosas de mi vida.
Extraña risoterapia de un árbol sin raíces
Veía el mundo desde el interior de la bañera llena de agua. La burbujitas que salían de su nariz ascendían como pececillos. Qué bonito y sencillo era todo visto desde esa perspectiva, simplemente porque no había nada más que su cuerpo allí dentro. Soltó un poco de aire, y su mundo se balanceó inestable formando ondas, y sonrió ante aquella visión.
No malgastó su tiempo pensando en alguien allí abajo. Era extraña la alegría que sentía, pero era tan bienvenida que comenzó a reir allí abajo, escuchando a su voz sorda. Bajó la mirada a sus pies y observó a sus deditos moverse y bailar; estaban vivos. Ella estaba viva, y no estaba necesitando del aire podrido de siempre; ese aire que tenía que respirar cuando no lograba sumergirse todo lo que debería.
El agua se estaba helando cada vez más y su piel comenzaba a ser cristal, era su propio desafío a la muerte en su eterno estar presente, acechando a cada instante, sin dejarse conocer, para ser temida por todos. Las cadenas le habían enseñado a volar, el amor le había enseñado a mentir, y la vida le había enseñado a morir.
Cerró los ojos.
Aún quedaba un poco de su sabor en su boca, aún resaltaba un poco difícil decir qué estaba pasando. Aún quedaba un poco de su fantasma en ella: su debilidad. Aún quedaba un poco de su cara que no había besado. Se alejaba un paso de ella cada día, y le resultaba aún un poco difícil definir qué pasaba. Aún quedaba un poco de su canción en su oído, aún quedaban algunas palabras que seguía esperando oír. Sin embargo, no se permitió centrar sus pensamientos en lo que aún quedaba de él. Su mente, en esos momentos, bajo el agua, se asemejaba más a algo así:
"Lo que quiero de ti es que vacíes tu cabeza. Dicen que pasará, así que ya está bien de mojar mi almohada. Hacemos lo que podemos para ser libres, pero se me viene todo encima y soy un árbol sin raíces.
Lo que quiero de nosotros es que borremos nuestras mentes. Finjamos un escándalo, y ni una despedida más. Nos volvimos ciegos cuando más necesitábamos ver, y a mí se me derramó el mundo entero cuando vi cómo, ante mis ojitos llenos de la nada más infinita que se pueda imaginar, rompías nuestra historia en mil pedazos diminutos e insignificantes. La matabas.
Así que, que te jodan, a ti y a todo lo que me haces pasar. Te digo que lo dejes, porque esto no significa nada para ti. Y si me odias, ódiame tanto que puedas dejarme fuera, dejarme marchar, dejarme ir de este infierno que siento cuando estáis cerca.
Déjame ir, déjame marchar. Lo que quiero de todo esto no es más que aprender a dejarlo ir. No sólo a ti, sino a todo lo que hemos pasado. Los asesinos reinventan y después se lo creen, así que déjame decirte que te jodan. A ti, a todo lo que ya no me das, a todo lo que no me dejas ofrecer, a todo lo que pretendes y -no entiendo cómo- consigues ignorar. Y ódiame; ódiame tanto que seas capaz de dejarme fuera de todo esto.
Ódiame tú, porque yo no puedo..."
Había caído para entonces en un dulce letargo, y suavemente abrió los ojos. De su nariz no ascendía ya ninguna burbuja. El mundo no se deformaba en ondas tranquilas. Y a pesar de tener los ojos abiertos, éstos ya no veían nada. Su piel de cristal se había vuelto pálida y sus labios habían perdido su color. Los dedos de sus pies terminaron su baile hace rato. Y el árbol sin raíces se marchitó.
sábado, 27 de abril de 2013
Leahna
No entendió por qué sucedió, ni cómo llegó a ese momento. No estaba planeado que ocurriera así. Si alguien le hubiera preguntado, habría dicho que aquello era lo último que pensaba que podría suceder. Pero allí estaba ella, en la parte de atrás del coche en marcha, a 100 km/h, de vuelta a casa. Escuchaba esas canciones que no suelen ser muy oportunas para alguien con una estabilidad emocional tan dudosa como la suya, que además mira las estrellas en medio de la oscuridad por la ventana del coche, reflexionando acerca de esos temas igual de inoportunos que las canciones. Ella misma se reprochaba que eso estaba mal, que no debería de estar haciendo aquello. Intentó pensar en otros temas, o al menos no pensar en ese, pero los resultados dejaron bastante que desear. Tanto, que segundos después ocurrió. Se encontró a sí misma llorando en silencio. Pero su cara no mostraba tristeza, tan solo vacío. No mostraba absolutamente nada. Miraba a las estrellas, y a cada parpadeo, gotitas saladas caían suaves. Y contemplando aquel panorama, se dijo: hoy las estrellas son bonitas, pero están vacías. Su mente comenzó a divagar, y las palabras comenzaron a conectar.
"Salud, querido. Esto es por ti y por tu adorable chica.
Salud, querido. Me diste tres cigarrillos para fumarme mis lágrimas. Y muero cuando mencionas su nombre. Y miento; debería haberte besado cuando corríamos bajo la lluvia, solos tú y yo. Dime, ¿qué soy? ¿Un susurro en tu oído? ¿Un trozo de tu tarta? ¿Qué soy yo? ¿La chica a la que puedes temer? ¿Un gran error? Salud, querido... Esto es por ti y por tu adorable chica."
Una pobre borracha mental. Una idiota tan vacía como una de esas promesas que tanto desearía poder cumplir, esas que una vez tuvieron tanto, esas que ya apenas tienen lo que tuvieron. Una desconocida a sus propios ojos. Una máscara constante. Una contradicción en toda regla. Un acúmulo de miles de palabras retenidas en la garganta, de miradas desviadas, de pensamientos estampados en papel y no transmitidos jamás, de memorias y cuentos sobre elefantes y un loro que podía hablar, de fotografías que nunca llegó a tomar.
Y allí estaba todo eso, sentado en la parte de atrás del coche en marcha, con forma humana, mirando inútilmente por la ventana, dejando al tiempo marchar. Sin despedidas.
Allí estaba yo.
"Salud, querido. Esto es por ti y por tu adorable chica.
Salud, querido. Me diste tres cigarrillos para fumarme mis lágrimas. Y muero cuando mencionas su nombre. Y miento; debería haberte besado cuando corríamos bajo la lluvia, solos tú y yo. Dime, ¿qué soy? ¿Un susurro en tu oído? ¿Un trozo de tu tarta? ¿Qué soy yo? ¿La chica a la que puedes temer? ¿Un gran error? Salud, querido... Esto es por ti y por tu adorable chica."
Una pobre borracha mental. Una idiota tan vacía como una de esas promesas que tanto desearía poder cumplir, esas que una vez tuvieron tanto, esas que ya apenas tienen lo que tuvieron. Una desconocida a sus propios ojos. Una máscara constante. Una contradicción en toda regla. Un acúmulo de miles de palabras retenidas en la garganta, de miradas desviadas, de pensamientos estampados en papel y no transmitidos jamás, de memorias y cuentos sobre elefantes y un loro que podía hablar, de fotografías que nunca llegó a tomar.
Y allí estaba todo eso, sentado en la parte de atrás del coche en marcha, con forma humana, mirando inútilmente por la ventana, dejando al tiempo marchar. Sin despedidas.
Allí estaba yo.
jueves, 25 de abril de 2013
Máscaras
Me ha ocurrido varias veces ya.Miro en el espejo y no tengo ni idea de quién me devuelve la mirada. Como si cada vez que me mirara al espejo cada día, viera a una persona diferente. A veces una persona triste, sin metas en su vida; otras veces una persona con unas ganas inmensas de devorar al mundo entero, segura de sí misma (aunque esto ha sido muy raro de ver); otras veces veía a una persona vacía, en la que no había de nada, tan solo la carne y los huesos que la sostenían; otras veces en los ojos de esa persona solo se leía rabia y enfado. Y así innumerables veces.
Cada día lleva una máscara diferente, ya se ha convertido en algo automático. Lo extraño de todo esto es que esa persona que se refleja en el espejo tiene mi forma: tiene mi cara, mis brazos, mis piernas, mi pelo. Es físicamente idéntica a mí, y sin embargo me resulta una desconocida. Esta persona con tantas identidades diferentes llegó hace unos meses a mi espejo. Alguna que otra vez le he preguntado el por qué de tantas máscaras diferentes, según la situación, los que le rodean, los días de la semana, pero nunca se ha molestado demasiado por contestarme. Todo lo que hace es devolverme la mirada. Y es algo curioso su mirada. Cuando no soy yo la persona a quien devuelve la mirada, usa la mirada que la máscara indique que debe usar. Sin embargo, cuando soy yo a quien va a devolver la mirada, no importa qué máscara lleve en ese momento; su mirada es siempre vacía y penetrante. A pesar de ser así conmigo, espero que algún día se encuentre. Espero que logre averiguar qué hay más allá de las máscaras. Y que vuelva sin máscara en el rostro.
Si no sales de mis sueños dejaré de despertar
Sleep, don't weep my sweet love.
My face is all wet 'cause my day was rough.
But do what you must do to find yourself, wear another shoe to comfort the soul.
Those times that I was broken and you stood strong...
Think I've found a place where I can sleep, not weep.
So sleep, don't weep my love.
Abrí los ojos. Ya no estabas. Y me quemaban las mejillas.
martes, 23 de abril de 2013
Un semáforo en rojo
Hoy
mi cabeza te ha soñado. Ha soñado a tu abrazo y a tu inocente beso
y, no sé si por desgracia o por suerte, no recuerda nada más. Un
sueño de cartón en medio de una fuerte tormenta. Sin embargo, se
sentía tan real y cercano, que odié con todas mis fuerzas
despertar. Lo odié como nunca he odiado, y grité a esta puta
realidad. Le pregunté a gritos que por qué, por qué,
no me dejaba seguir bañándome en ese sueño. Por qué no me dejaba
ser feliz, y sentir ese calor que hoy he extrañado, cuando,
esperando a cruzar en un paso de peatones, mi mente divagando se
perdió en recuerdos y se asustó. Se asustó, y me asusté, y me
entristeció el alma darme cuenta de que esa sensación de calor, esa
intimidad con la que yo convivía, nuestro fuerte enlace que veo en
mis recuerdos, todo eso, ahora me parecía...extraño. Como si todo
eso fuese ahora irreconocible. ¿Dónde está aquella increíble
confianza? ¿Dónde quedó? ¿Es que está aparcada para no regresar
jamás? Me apenó muchísimo, porque cuando me veía en mis
recuerdos, me di cuenta de que no me veía a mí, sino que era como
si viera a una extraña que hacía y vivía en mis recuerdos todo
aquello que yo hice y viví en su momento. Las vivencias se me
escapaban de la memoria, y esto no quiere decir que las olvide ni
mucho menos; es algo más complejo. Como si los lazos que me unen a
ellas fueran desgastándose y cada vez me fueran resultando más y
más extrañas, más raras, menos parte de mí. Fue entonces cuando
el pitido intermitente y constante que indicaba que podía cruzar
comenzó a sonar, haciendo que volviera de sopetón al mundo real,
que abandonara mi mente caótica y que mis ojos enfocaran de nuevo lo
que tenían delante. Después mi cerebro ordenó cruzar, y así lo
hice.
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