Se rompieron las ventanas.
El gran impacto las rompe y una voz me sentencia. Una voz que admite que, no pocas veces, ha sido tentada a coger la esperanza y dejarla ir. Que susurra y grita al mismo tiempo ante lo absurdo de ver cómo se le escurre el tiempo mientras ella se encierra por no poder crecer más. Que habla y está ausente. Mi voz.Y caen los cristales, chocan contra el suelo. El gran golpe llega sin movimiento. Me sorprendo ante esa gran capacidad de devastación; "¿cómo lo hará?", pienso. Miles de cristales salpican mi cuerpo, abren múltiples heridas en mi piel; "¿cómo lo hará?", pienso. Tiembla la tierra bajo mis pies, pierdo el equilibrio, caigo de bruces contra el suelo. Estoy abrumada, impresionada. Y al caer, pequeñas lascas de cristal se adentran algo más en mí, y como si fueran presa de alguna atracción brutal, se incrustan entre los tejidos, se adentran más y más, como si nunca fuese suficiente; "¿cómo lo hará?", pienso. Estaban tan dentro de mí que apenas podía mover un solo músculo. Los cristales rotos ya eran parte de mí, y sin darme cuenta, también yo acabé siendo parte de ellos. Y durante aquella ausencia brutal de equilibrio, me sacudió el síndrome de Stendhal. Qué forma tan majestuosa de ser caos..."¿Cómo lo hará?", pienso.
Nos encantan las mentiras. Sobre todo si están dichas de verdad.
sábado, 10 de enero de 2015
lunes, 17 de noviembre de 2014
Los derrotados
<<Los derrotados son aquellos que no fracasa.
La derrota nos hace perder una batalla o una guerra.
El fracaso no nos deja luchar.
La derrota llega cuando no conseguimos algo que deseamos mucho. El fracaso no nos permite soñar. Su lema es: "no anheles nada y nunca sufrirás".
La derrota termina cuando volvemos de nuevo al combate. El fracaso no tiene un final: es una elección vital.
La derrota es para los valientes. Sólo ellos pueden tener el honor de perder y la alegría de ganar.
No estoy aquí para decir que la derrota forma parte de la vida; eso todos lo sabemos. Sólo los derrotados conocen el amor. Porque es en el reino del amor donde libramos nuestros primeros combates. Y generalmente perdemos.
Estoy aquí para deciros que hay personas a las que nadie ha derrotado.
Son aquellas que nunca han luchado.
Consiguieron evitar las cicatrices, las humillaciones, el desamparo y los momentos en los que los guerreros dudan de la existencia de Dios.
Esas personas pueden decir con orgullo: "nunca he perdido una batalla". Sin embargo, nunca podrán decir: "he ganado una batalla".
Pero eso no les interesa. Viven en un universo en el que creen que nadie logrará alcanzarlas, cierran los ojos a las injusticias y al sufrimiento, se sienten seguras porque no necesitan afrontar los desafíos diarios de los que se arriesgan a ir más allá de sus propios límites.
Nunca han escuchado un "adiós". Tampoco un "ya estoy de vuelta. Abrázame con el sabor del que me había perdido y ha vuelto a encontrarme".
Los que nunca han sido derrotados parecen alegres y superiores, dueños de una verdad por la que no han movido ni un dedo. Están siempre al lado del más fuerte. Son como hienas, que sólo comen los restos que el león desperdicia.
Enseñan a sus hijos: "no os involucréis en conflictos, saldréis perdiendo. Guardad vuestras dudas para vosotros mismo y nunca tendréis problemas. Si alguien os agrede, no os sintáis ofendidos ni os rebajéis respondiendo al ataque. Hay otras cosas de las que preocuparse en la vida".
En el silencio de la noche, afrontan sus batallas imaginarias: los sueños no realizados, las injusticias que fingieron no sufrir, los momentos de cobardía que consiguieron disfrazar ante todos -menos ante sí mismos-, y el amor que con un brillo en los ojos se cruzó en su camino, un amor que les estaba destinado por la mano de Dios y que, sin embargo, no tuvieron el coraje de abordar.
Y prometen: "mañana será diferente".
Pero el mañana llega y también la pregunta que los paraliza: "¿y si todo sale mal?".
Entonces no hacen nada.
¡Ay de los que nunca han sido vencidos! Tampoco serán vencedores en esta vida.>>
La derrota nos hace perder una batalla o una guerra.
El fracaso no nos deja luchar.
La derrota llega cuando no conseguimos algo que deseamos mucho. El fracaso no nos permite soñar. Su lema es: "no anheles nada y nunca sufrirás".
La derrota termina cuando volvemos de nuevo al combate. El fracaso no tiene un final: es una elección vital.
La derrota es para los valientes. Sólo ellos pueden tener el honor de perder y la alegría de ganar.
No estoy aquí para decir que la derrota forma parte de la vida; eso todos lo sabemos. Sólo los derrotados conocen el amor. Porque es en el reino del amor donde libramos nuestros primeros combates. Y generalmente perdemos.
Estoy aquí para deciros que hay personas a las que nadie ha derrotado.
Son aquellas que nunca han luchado.
Consiguieron evitar las cicatrices, las humillaciones, el desamparo y los momentos en los que los guerreros dudan de la existencia de Dios.
Esas personas pueden decir con orgullo: "nunca he perdido una batalla". Sin embargo, nunca podrán decir: "he ganado una batalla".
Pero eso no les interesa. Viven en un universo en el que creen que nadie logrará alcanzarlas, cierran los ojos a las injusticias y al sufrimiento, se sienten seguras porque no necesitan afrontar los desafíos diarios de los que se arriesgan a ir más allá de sus propios límites.
Nunca han escuchado un "adiós". Tampoco un "ya estoy de vuelta. Abrázame con el sabor del que me había perdido y ha vuelto a encontrarme".
Los que nunca han sido derrotados parecen alegres y superiores, dueños de una verdad por la que no han movido ni un dedo. Están siempre al lado del más fuerte. Son como hienas, que sólo comen los restos que el león desperdicia.
Enseñan a sus hijos: "no os involucréis en conflictos, saldréis perdiendo. Guardad vuestras dudas para vosotros mismo y nunca tendréis problemas. Si alguien os agrede, no os sintáis ofendidos ni os rebajéis respondiendo al ataque. Hay otras cosas de las que preocuparse en la vida".
En el silencio de la noche, afrontan sus batallas imaginarias: los sueños no realizados, las injusticias que fingieron no sufrir, los momentos de cobardía que consiguieron disfrazar ante todos -menos ante sí mismos-, y el amor que con un brillo en los ojos se cruzó en su camino, un amor que les estaba destinado por la mano de Dios y que, sin embargo, no tuvieron el coraje de abordar.
Y prometen: "mañana será diferente".
Pero el mañana llega y también la pregunta que los paraliza: "¿y si todo sale mal?".
Entonces no hacen nada.
¡Ay de los que nunca han sido vencidos! Tampoco serán vencedores en esta vida.>>
jueves, 16 de octubre de 2014
Límites
Intuyo las preguntas que el silencio pálido no hace. Intuyo las palabras a cada paso, y con cada paso las piso y quedan debajo. Supongo que visto así, seguiré caminando, y seguiré siendo un tanto miope de fuerza y de coraje, siempre ante una realidad que prefiero ver borrosa. Mientras, intuyo lo que voy pisando. E intuyo mi rostro, mis ojos y mi boca, pero no lo que hay detrás. Aquello lo refracto y queda lejos de toda esta masa borrosa.
Parpadeo y siento, "calmo los mares", cuando ya inundan el espacio y me alcanzan toda la cara. Y tirito y pienso, "será de este horrible frío", mientras cruzo un vasto desierto. Y toso y digo, "me atraganté con un poco de agua", pero apenas sale una mínima voz ronca de mi garganta seca y muerta de sed. Y corro y grito, "¡qué día tan maravilloso!", y entonces me alcanza la bestia que me va siguiendo detrás y muere mi voz.Sin ver ni hablar aquí fuera, intuyo los sonidos que me rodean. Intuyo una impotencia que me crece por dentro y se agarra a mis pies, y a cada paso me trepa y se derrama en mi cabeza. Intuyo que es invencible, que no hay camino de vuelta y que el retorno se ha perdido entre tanta eternidad. Intuyo que pronto será mejor ser muda y ciega.
Intuyo que, esta vez, me sentaré a escuchar.
Parpadeo y siento, "calmo los mares", cuando ya inundan el espacio y me alcanzan toda la cara. Y tirito y pienso, "será de este horrible frío", mientras cruzo un vasto desierto. Y toso y digo, "me atraganté con un poco de agua", pero apenas sale una mínima voz ronca de mi garganta seca y muerta de sed. Y corro y grito, "¡qué día tan maravilloso!", y entonces me alcanza la bestia que me va siguiendo detrás y muere mi voz.Sin ver ni hablar aquí fuera, intuyo los sonidos que me rodean. Intuyo una impotencia que me crece por dentro y se agarra a mis pies, y a cada paso me trepa y se derrama en mi cabeza. Intuyo que es invencible, que no hay camino de vuelta y que el retorno se ha perdido entre tanta eternidad. Intuyo que pronto será mejor ser muda y ciega.
Intuyo que, esta vez, me sentaré a escuchar.
viernes, 3 de octubre de 2014
El profesor
"Demasiadas opciones pueden matar a un hombre.
Amar está bien si tienes tiempo de sobra para andar en zancos por el borde de tu mente. Amar está bien si tu polla es de madera, aunque sólo la mitad metida la entendió a ella. Amar está bien si no está en tu mente. Amar está bien si no es entendido.
¿Qué le hace a ella venir y qué le hace quedarse? ¿Qué hace al animal correr, huir lejos? ¿Qué le hace a él pararse y quedarse en pie? ¿Qué sacude al elefante ahora? ¿Y qué hace a un hombre?"
Amar está bien si tienes tiempo de sobra para andar en zancos por el borde de tu mente. Amar está bien si tu polla es de madera, aunque sólo la mitad metida la entendió a ella. Amar está bien si no está en tu mente. Amar está bien si no es entendido.
¿Qué le hace a ella venir y qué le hace quedarse? ¿Qué hace al animal correr, huir lejos? ¿Qué le hace a él pararse y quedarse en pie? ¿Qué sacude al elefante ahora? ¿Y qué hace a un hombre?"
jueves, 11 de septiembre de 2014
Demiurgo en el vendaval
Muchas veces caminamos teniendo que saltar grietas secas en el suelo. Y parece muy oportuno escapar, pero al mismo tiempo parece imposible irse sin más. Parecemos pedir a gritos un castigo, un insulto. Parecemos temblar inútilmente ante un vendaval que no existe más allá de nuestra debilidad. Y temblando, parece que gozo y dolor pueden llegar a bailar en un mismo renglón. Temblamos y nos castigamos. Olvidamos nuestro derecho a temblar. Olvidamos nuestra condición de tembladores profesionales.
Y es que temblando se derrumban las fachadas y barreras. Temblando nos quedamos a solas con nosotros mismos, nos quedamos sin más capas con las que ocultarnos, ni más máscaras con las que intentar pasar desapercibidos. Temblando podemos vernos casi como iguales. Pequeños, humanos. Temblando se nos caen las mentiras al suelo y quedamos al desnudo, y sólo nos queda en los bolsillos nuestro olvidado derecho a temblar. Y entonces el otro temblador profesional nos ve enteramente, y ve todo lo que se nos ha derrumbado. Vemos y somos vistos.
Y es curioso cómo disminuye el temblor y se calma el vendaval cuando, íntimamente, nos encontramos tan indefensos ante el otro temblador profesional.
Y es que temblando se derrumban las fachadas y barreras. Temblando nos quedamos a solas con nosotros mismos, nos quedamos sin más capas con las que ocultarnos, ni más máscaras con las que intentar pasar desapercibidos. Temblando podemos vernos casi como iguales. Pequeños, humanos. Temblando se nos caen las mentiras al suelo y quedamos al desnudo, y sólo nos queda en los bolsillos nuestro olvidado derecho a temblar. Y entonces el otro temblador profesional nos ve enteramente, y ve todo lo que se nos ha derrumbado. Vemos y somos vistos.
Y es curioso cómo disminuye el temblor y se calma el vendaval cuando, íntimamente, nos encontramos tan indefensos ante el otro temblador profesional.
martes, 9 de septiembre de 2014
¿Cuánto más?
Ofrecí durante largo tiempo. Ofrecí muchas veces ignorando lo que me rodeaba. Ofrecí cuando ni siquiera me quedaba nada por dar. Ofrecí mintiéndome. Me ofrecí cuando nadie lo hacía. Me volqué en una realidad absurda. Yo, luché por una realidad absurda.
He tirado tiempo a la basura y he desechado metas. Pagué conmigo misma, con todo lo que me quedaba. Pagué por dos, cuando ni siquiera era mía la jugada. Mordí el polvo, me dejé pisotear; y convivo con ello. Me perdí a mí misma, desaparecí; pero aquí estoy de nuevo. Tracé sola un maldito camino de vuelta porque no existía otra opción.Y lo conseguí. Conseguí volver a mí y nada de lo anterior me importa ya. Ese camino terminó hace tiempo. Hace tiempo que volví a casa. Yo ya hice mi trabajo; un trabajo que no me correspondía. Pero se acabó. Volví a dormir tranquila, a disfrutar de todo mi tiempo, a disfrutar de mi vida, a buscar, a ser crítica, a mirar por los demás sin abandonarme a mí. Y ahora nada importa, porque el pasado es un prólogo.
Ahora yo juego mis cartas en una vida en la que -sin dolor, ni desprecios, ni lástima, sin sentir absolutamente nada- tú no entras. La mía.
Quédatelo todo. Al fin y al cabo, la arena está sobrevalorada.
He tirado tiempo a la basura y he desechado metas. Pagué conmigo misma, con todo lo que me quedaba. Pagué por dos, cuando ni siquiera era mía la jugada. Mordí el polvo, me dejé pisotear; y convivo con ello. Me perdí a mí misma, desaparecí; pero aquí estoy de nuevo. Tracé sola un maldito camino de vuelta porque no existía otra opción.Y lo conseguí. Conseguí volver a mí y nada de lo anterior me importa ya. Ese camino terminó hace tiempo. Hace tiempo que volví a casa. Yo ya hice mi trabajo; un trabajo que no me correspondía. Pero se acabó. Volví a dormir tranquila, a disfrutar de todo mi tiempo, a disfrutar de mi vida, a buscar, a ser crítica, a mirar por los demás sin abandonarme a mí. Y ahora nada importa, porque el pasado es un prólogo.
Ahora yo juego mis cartas en una vida en la que -sin dolor, ni desprecios, ni lástima, sin sentir absolutamente nada- tú no entras. La mía.
Quédatelo todo. Al fin y al cabo, la arena está sobrevalorada.
lunes, 25 de agosto de 2014
Baila como quieras bailar
Y aquellos que eran vistos bailando fueron considerados locos por aquellos que no podían oír la música.
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