No sabría decir con certeza dónde me encontraba.
Sí, ya, en aquella calle, en aquella parada. Pero, ¿dónde?
Podía escucharme por dentro. Las mareas se desbordaban como locas, chocaban contra mis paredes, rompían mis vidrios y las lascas me arañaban las tripas. Dentro de mí, tomó vida y nació un perfecto amasijo de sangre y cristales. Entonces preferí mirar lo que había fuera, lo que me rodeaba, pero me di cuenta de que en ningún momento había cerrado los ojos. No veía. No veía nada. No existía nada allí fuera. Solo veía la sangre, los cristales. Veía con los ojos mis propios gritos, los que no salían de mi boca, sino de mis tripas, donde supongo que en alguna parte se encontraba mi corazón.
miércoles, 28 de octubre de 2015
lunes, 18 de mayo de 2015
*
Nadie nos lo dijo. Nadie nos lo avisó. No nos habían preparado para esto. Pero el futuro se vistió con el traje nuevo del emperador. El manantial se secó, y nos vimos obligados a sincronizar nuestros días raros. Nos vimos obligados a descubrir un perfil oculto. Nos vimos obligados a buscar y soñar en ecos impensables. Nos vimos obligados a palpar el frío y la dureza del muro de cristal. Nadie nos avisó. Pero lo hicimos.
Entonces, te vi.
Dulzura quieta, sin tempestad ni dolor. Descanso y alivio. Hermosa tranquilidad. Paz y luz blanca. Vida en su huida hacia la montaña más alta. Perfecto y reconfortante. La mano siempre tendida. El camino recto, los pasos hacia delante, el ejemplo a seguir. La memoria de mil vidas. El sueño perfecto. La esencia, lo puro, lo eterno.
Todo yace en ti.
Todo late en alguna parte de tu viento.
Todo vive en ti, siempre listo.
Entonces, te vi.
Dulzura quieta, sin tempestad ni dolor. Descanso y alivio. Hermosa tranquilidad. Paz y luz blanca. Vida en su huida hacia la montaña más alta. Perfecto y reconfortante. La mano siempre tendida. El camino recto, los pasos hacia delante, el ejemplo a seguir. La memoria de mil vidas. El sueño perfecto. La esencia, lo puro, lo eterno.
Todo yace en ti.
Todo late en alguna parte de tu viento.
Todo vive en ti, siempre listo.
lunes, 9 de febrero de 2015
Despierta
Sin querer, llegará abril, pero oscuro y sin claveles. Y tú mirarás los días como quien mira la nieve caer sobre la ciudad, alunada y siempre hambrienta. Y la crisis va llenando de dormidos las cunetas. Y tú hibernando, ausente, exhausto y sin latido, vencido por el miedo y la luz de los mercados, cansado ya, quizá de estar perdido. Perdido...
Cuando el trabajo te escupa cual carozo de cereza, rodarás pendiente abajo. No quedará quien proteja a la virgen del dragón. Cuando suenen las alarmas, la marea habrá subido acorralándote en la cama. Despertarás entonces, desarmado y cautivo. Y como quien regresa a la casa en que fue niño, todo parecerá más pequeño, más oscuro: el horizonte, la llama y el futuro.
Y entonces dime qué harás.
El invierno llegará, arañándote la espalda. Mirarás el telediario como quien lee un telegrama que trae pésames y flores. Mientras mascas los silencios, te robarán la memoria nigromantes y usureros, aquellos que ahora bailan celebrando la hoguera en que arde tu futuro, herido de hipotecas. De dulce mansedumbre, narcótica ceguera, herido y desangrado, el futuro aún espera.
Despierta, ya verás que te están esperando, paciendo en el portal, una reata de pegasos para cruzar el cielo tras la estrella del vencido y hacerse las preguntas que exigen estar aún vivo.
Despierta, has de pintar nuevas constelaciones para que navegantes extraviados en la noche encuentren el camino que les acerca al mañana, en el que Prometeo burla al dios y trae la llama.
Que el destino no parió la miseria en la que duermes; nació de las voluntades de mil hombres y mujeres. Que nada está escrito para siempre. Despierta.
Por favor, despierta...
Cuando el trabajo te escupa cual carozo de cereza, rodarás pendiente abajo. No quedará quien proteja a la virgen del dragón. Cuando suenen las alarmas, la marea habrá subido acorralándote en la cama. Despertarás entonces, desarmado y cautivo. Y como quien regresa a la casa en que fue niño, todo parecerá más pequeño, más oscuro: el horizonte, la llama y el futuro.
Y entonces dime qué harás.
El invierno llegará, arañándote la espalda. Mirarás el telediario como quien lee un telegrama que trae pésames y flores. Mientras mascas los silencios, te robarán la memoria nigromantes y usureros, aquellos que ahora bailan celebrando la hoguera en que arde tu futuro, herido de hipotecas. De dulce mansedumbre, narcótica ceguera, herido y desangrado, el futuro aún espera.
Despierta, ya verás que te están esperando, paciendo en el portal, una reata de pegasos para cruzar el cielo tras la estrella del vencido y hacerse las preguntas que exigen estar aún vivo.
Despierta, has de pintar nuevas constelaciones para que navegantes extraviados en la noche encuentren el camino que les acerca al mañana, en el que Prometeo burla al dios y trae la llama.
Que el destino no parió la miseria en la que duermes; nació de las voluntades de mil hombres y mujeres. Que nada está escrito para siempre. Despierta.
Por favor, despierta...

sábado, 10 de enero de 2015
Punto muerto
Se rompieron las ventanas.
El gran impacto las rompe y una voz me sentencia. Una voz que admite que, no pocas veces, ha sido tentada a coger la esperanza y dejarla ir. Que susurra y grita al mismo tiempo ante lo absurdo de ver cómo se le escurre el tiempo mientras ella se encierra por no poder crecer más. Que habla y está ausente. Mi voz.Y caen los cristales, chocan contra el suelo. El gran golpe llega sin movimiento. Me sorprendo ante esa gran capacidad de devastación; "¿cómo lo hará?", pienso. Miles de cristales salpican mi cuerpo, abren múltiples heridas en mi piel; "¿cómo lo hará?", pienso. Tiembla la tierra bajo mis pies, pierdo el equilibrio, caigo de bruces contra el suelo. Estoy abrumada, impresionada. Y al caer, pequeñas lascas de cristal se adentran algo más en mí, y como si fueran presa de alguna atracción brutal, se incrustan entre los tejidos, se adentran más y más, como si nunca fuese suficiente; "¿cómo lo hará?", pienso. Estaban tan dentro de mí que apenas podía mover un solo músculo. Los cristales rotos ya eran parte de mí, y sin darme cuenta, también yo acabé siendo parte de ellos. Y durante aquella ausencia brutal de equilibrio, me sacudió el síndrome de Stendhal. Qué forma tan majestuosa de ser caos..."¿Cómo lo hará?", pienso.
Nos encantan las mentiras. Sobre todo si están dichas de verdad.
El gran impacto las rompe y una voz me sentencia. Una voz que admite que, no pocas veces, ha sido tentada a coger la esperanza y dejarla ir. Que susurra y grita al mismo tiempo ante lo absurdo de ver cómo se le escurre el tiempo mientras ella se encierra por no poder crecer más. Que habla y está ausente. Mi voz.Y caen los cristales, chocan contra el suelo. El gran golpe llega sin movimiento. Me sorprendo ante esa gran capacidad de devastación; "¿cómo lo hará?", pienso. Miles de cristales salpican mi cuerpo, abren múltiples heridas en mi piel; "¿cómo lo hará?", pienso. Tiembla la tierra bajo mis pies, pierdo el equilibrio, caigo de bruces contra el suelo. Estoy abrumada, impresionada. Y al caer, pequeñas lascas de cristal se adentran algo más en mí, y como si fueran presa de alguna atracción brutal, se incrustan entre los tejidos, se adentran más y más, como si nunca fuese suficiente; "¿cómo lo hará?", pienso. Estaban tan dentro de mí que apenas podía mover un solo músculo. Los cristales rotos ya eran parte de mí, y sin darme cuenta, también yo acabé siendo parte de ellos. Y durante aquella ausencia brutal de equilibrio, me sacudió el síndrome de Stendhal. Qué forma tan majestuosa de ser caos..."¿Cómo lo hará?", pienso.
Nos encantan las mentiras. Sobre todo si están dichas de verdad.
lunes, 17 de noviembre de 2014
Los derrotados
<<Los derrotados son aquellos que no fracasa.
La derrota nos hace perder una batalla o una guerra.
El fracaso no nos deja luchar.
La derrota llega cuando no conseguimos algo que deseamos mucho. El fracaso no nos permite soñar. Su lema es: "no anheles nada y nunca sufrirás".
La derrota termina cuando volvemos de nuevo al combate. El fracaso no tiene un final: es una elección vital.
La derrota es para los valientes. Sólo ellos pueden tener el honor de perder y la alegría de ganar.
No estoy aquí para decir que la derrota forma parte de la vida; eso todos lo sabemos. Sólo los derrotados conocen el amor. Porque es en el reino del amor donde libramos nuestros primeros combates. Y generalmente perdemos.
Estoy aquí para deciros que hay personas a las que nadie ha derrotado.
Son aquellas que nunca han luchado.
Consiguieron evitar las cicatrices, las humillaciones, el desamparo y los momentos en los que los guerreros dudan de la existencia de Dios.
Esas personas pueden decir con orgullo: "nunca he perdido una batalla". Sin embargo, nunca podrán decir: "he ganado una batalla".
Pero eso no les interesa. Viven en un universo en el que creen que nadie logrará alcanzarlas, cierran los ojos a las injusticias y al sufrimiento, se sienten seguras porque no necesitan afrontar los desafíos diarios de los que se arriesgan a ir más allá de sus propios límites.
Nunca han escuchado un "adiós". Tampoco un "ya estoy de vuelta. Abrázame con el sabor del que me había perdido y ha vuelto a encontrarme".
Los que nunca han sido derrotados parecen alegres y superiores, dueños de una verdad por la que no han movido ni un dedo. Están siempre al lado del más fuerte. Son como hienas, que sólo comen los restos que el león desperdicia.
Enseñan a sus hijos: "no os involucréis en conflictos, saldréis perdiendo. Guardad vuestras dudas para vosotros mismo y nunca tendréis problemas. Si alguien os agrede, no os sintáis ofendidos ni os rebajéis respondiendo al ataque. Hay otras cosas de las que preocuparse en la vida".
En el silencio de la noche, afrontan sus batallas imaginarias: los sueños no realizados, las injusticias que fingieron no sufrir, los momentos de cobardía que consiguieron disfrazar ante todos -menos ante sí mismos-, y el amor que con un brillo en los ojos se cruzó en su camino, un amor que les estaba destinado por la mano de Dios y que, sin embargo, no tuvieron el coraje de abordar.
Y prometen: "mañana será diferente".
Pero el mañana llega y también la pregunta que los paraliza: "¿y si todo sale mal?".
Entonces no hacen nada.
¡Ay de los que nunca han sido vencidos! Tampoco serán vencedores en esta vida.>>
La derrota nos hace perder una batalla o una guerra.
El fracaso no nos deja luchar.
La derrota llega cuando no conseguimos algo que deseamos mucho. El fracaso no nos permite soñar. Su lema es: "no anheles nada y nunca sufrirás".
La derrota termina cuando volvemos de nuevo al combate. El fracaso no tiene un final: es una elección vital.
La derrota es para los valientes. Sólo ellos pueden tener el honor de perder y la alegría de ganar.
No estoy aquí para decir que la derrota forma parte de la vida; eso todos lo sabemos. Sólo los derrotados conocen el amor. Porque es en el reino del amor donde libramos nuestros primeros combates. Y generalmente perdemos.
Estoy aquí para deciros que hay personas a las que nadie ha derrotado.
Son aquellas que nunca han luchado.
Consiguieron evitar las cicatrices, las humillaciones, el desamparo y los momentos en los que los guerreros dudan de la existencia de Dios.
Esas personas pueden decir con orgullo: "nunca he perdido una batalla". Sin embargo, nunca podrán decir: "he ganado una batalla".
Pero eso no les interesa. Viven en un universo en el que creen que nadie logrará alcanzarlas, cierran los ojos a las injusticias y al sufrimiento, se sienten seguras porque no necesitan afrontar los desafíos diarios de los que se arriesgan a ir más allá de sus propios límites.
Nunca han escuchado un "adiós". Tampoco un "ya estoy de vuelta. Abrázame con el sabor del que me había perdido y ha vuelto a encontrarme".
Los que nunca han sido derrotados parecen alegres y superiores, dueños de una verdad por la que no han movido ni un dedo. Están siempre al lado del más fuerte. Son como hienas, que sólo comen los restos que el león desperdicia.
Enseñan a sus hijos: "no os involucréis en conflictos, saldréis perdiendo. Guardad vuestras dudas para vosotros mismo y nunca tendréis problemas. Si alguien os agrede, no os sintáis ofendidos ni os rebajéis respondiendo al ataque. Hay otras cosas de las que preocuparse en la vida".
En el silencio de la noche, afrontan sus batallas imaginarias: los sueños no realizados, las injusticias que fingieron no sufrir, los momentos de cobardía que consiguieron disfrazar ante todos -menos ante sí mismos-, y el amor que con un brillo en los ojos se cruzó en su camino, un amor que les estaba destinado por la mano de Dios y que, sin embargo, no tuvieron el coraje de abordar.
Y prometen: "mañana será diferente".
Pero el mañana llega y también la pregunta que los paraliza: "¿y si todo sale mal?".
Entonces no hacen nada.
¡Ay de los que nunca han sido vencidos! Tampoco serán vencedores en esta vida.>>
jueves, 16 de octubre de 2014
Límites
Intuyo las preguntas que el silencio pálido no hace. Intuyo las palabras a cada paso, y con cada paso las piso y quedan debajo. Supongo que visto así, seguiré caminando, y seguiré siendo un tanto miope de fuerza y de coraje, siempre ante una realidad que prefiero ver borrosa. Mientras, intuyo lo que voy pisando. E intuyo mi rostro, mis ojos y mi boca, pero no lo que hay detrás. Aquello lo refracto y queda lejos de toda esta masa borrosa.
Parpadeo y siento, "calmo los mares", cuando ya inundan el espacio y me alcanzan toda la cara. Y tirito y pienso, "será de este horrible frío", mientras cruzo un vasto desierto. Y toso y digo, "me atraganté con un poco de agua", pero apenas sale una mínima voz ronca de mi garganta seca y muerta de sed. Y corro y grito, "¡qué día tan maravilloso!", y entonces me alcanza la bestia que me va siguiendo detrás y muere mi voz.Sin ver ni hablar aquí fuera, intuyo los sonidos que me rodean. Intuyo una impotencia que me crece por dentro y se agarra a mis pies, y a cada paso me trepa y se derrama en mi cabeza. Intuyo que es invencible, que no hay camino de vuelta y que el retorno se ha perdido entre tanta eternidad. Intuyo que pronto será mejor ser muda y ciega.
Intuyo que, esta vez, me sentaré a escuchar.
Parpadeo y siento, "calmo los mares", cuando ya inundan el espacio y me alcanzan toda la cara. Y tirito y pienso, "será de este horrible frío", mientras cruzo un vasto desierto. Y toso y digo, "me atraganté con un poco de agua", pero apenas sale una mínima voz ronca de mi garganta seca y muerta de sed. Y corro y grito, "¡qué día tan maravilloso!", y entonces me alcanza la bestia que me va siguiendo detrás y muere mi voz.Sin ver ni hablar aquí fuera, intuyo los sonidos que me rodean. Intuyo una impotencia que me crece por dentro y se agarra a mis pies, y a cada paso me trepa y se derrama en mi cabeza. Intuyo que es invencible, que no hay camino de vuelta y que el retorno se ha perdido entre tanta eternidad. Intuyo que pronto será mejor ser muda y ciega.
Intuyo que, esta vez, me sentaré a escuchar.
viernes, 3 de octubre de 2014
El profesor
"Demasiadas opciones pueden matar a un hombre.
Amar está bien si tienes tiempo de sobra para andar en zancos por el borde de tu mente. Amar está bien si tu polla es de madera, aunque sólo la mitad metida la entendió a ella. Amar está bien si no está en tu mente. Amar está bien si no es entendido.
¿Qué le hace a ella venir y qué le hace quedarse? ¿Qué hace al animal correr, huir lejos? ¿Qué le hace a él pararse y quedarse en pie? ¿Qué sacude al elefante ahora? ¿Y qué hace a un hombre?"
Amar está bien si tienes tiempo de sobra para andar en zancos por el borde de tu mente. Amar está bien si tu polla es de madera, aunque sólo la mitad metida la entendió a ella. Amar está bien si no está en tu mente. Amar está bien si no es entendido.
¿Qué le hace a ella venir y qué le hace quedarse? ¿Qué hace al animal correr, huir lejos? ¿Qué le hace a él pararse y quedarse en pie? ¿Qué sacude al elefante ahora? ¿Y qué hace a un hombre?"
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