domingo, 3 de marzo de 2019

Ciclos

Todo cambia. Puesto que la vida es movimiento y luz natural y calor y vueltas, todo cambia.

El tiempo avanza tal y como marcan las agujas dando vueltas y vueltas. Las plantas trepan, crecen y anhelan alcanzar cada rayo de luz. Los niños y niñas nacen, crecen, juegan y ríen, después lloran, se enamoran, después ríen y crecen más, y lloran y se enamoran mejor. Las carreteras no se acaban, cruzan el mundo, los caminos y los senderos se construyen y se caminan, hacia delante, hacia atrás. Los animales sobreviven a otros animales, vuelan, saltan, cazan, desaparecen, sufren y viven. Los cuadernos se llenan, las carteras se vacían, las mentes se deshielan, los corazones maduran y se endurecen. Los ojos se asombran, observan, odian, aman, lloran y ríen. Las nubes viajan impasibles, como ajenas al viento, indiferentes, por todo el planeta. La gente viaja, emigra, se mantiene, lo arriesga todo, se estanca, se lanza, lucha, muere, llega, alcanza, come, vive, duerme, respira, se va.  El sol saluda, pasa y se marcha, y saluda, pasa y se marcha. Y la gente saluda, pasa y se marcha. Todo está avanzando, dando vueltas, caminando, marchando hacia ese sitio a donde va el tiempo cuando ya no vuelve jamás. Y yo estoy ahí, en medio de todo, quieta, como intacta. Observando, cual espectadora, la cámara rápida de la vida, del paso del tiempo, del paso del espacio, de cómo todo llega, pasa y se va. Y simplemente miro, mantengo mis ojos abiertos y respiro.

Todo cambia. Y yo lo observo todo cambiar con infinita curiosidad.

Y allí, al fondo de la vorágine, entre todo el cambio, entre todo el movimiento de tiempo, plantas, niños y niñas, carreteras, animales, cuadernos, carteras, mentes, corazones, ojos, nubes, gente y sol; allí, aparece la silueta de su cuerpo y de su sonrisa, imposibles de pasar por alto,con todo su cambio, con todo su esplendor, con todo su tiempo y espacio propios, con todo su mundo. Aparece y, por un momento, todo se detiene, sin más. 

Y yo, que lo observaba todo siendo mera espectadora, siento el impulso irrefrenable de mil olas con forma de cambio en mis entrañas, que me sacuden y zarandean cada uno de mis rincones. Y es que aquellos ojos, aquella luz, volcaron todo el movimiento de mi tiempo y mi espacio directos a mi interior.

Todo cambia. Dentro y fuera. Puesto que la vida es movimiento y luz natural y calor y vueltas. Todo cambia.
Y mientras le miro, voy comprendiendo. 
Mientras me mira, me siento reverdecer.

martes, 26 de febrero de 2019

Bajo la superficie

En lo más superficial, lejos de lo profundo. Ahí me escondo. Mi nuevo hogar, donde ya no sé quién soy, qué quiero, no recuerdo hacia dónde iba, qué me gustaba, qué necesito. Simplemente, corro. En todas direcciones, como loca, como aturdida, alterada, dando un traspiés tras otro. Pero, ¿qué más da? ¡Cuidado! No pares. No bajes el ritmo, mantente alerta, arriba, activa, incesante, exigente, altiva, viva. A lo lejos, pero dentro de mí, escucho esa voz quejumbrosa, lastimera, que me ruega una pausa, me ruega una grieta sana, un quebranto al fin. Me pide romper, dejar salir todo que lo habita en la profundidad de todo lo que soy. Me habla, me llora, me suplica; que ya basta, que no continúe, que me detenga, que debo romper, que debo estallar, que debo escuchar. No. No. Hoy no. Ni mañana. Que me deje, que se aleje, que no llore, que no grite. Que calle y duela en silencio, que no puedo mantenerme y escucharla al mismo tiempo. Que lo entienda, que me permita no parar, que me destierre de su pena; yo reniego de su triste cantar. Aunque eso signifique renegar de mí misma. Estos son los precios que pagamos al final, ¿verdad?

¿Qué será de ti? De tu vida, de tu cama, de tu ropa, de tu olor, de tu pelo y su selva, de tus ojos sin fin, de tus dientes, de esa sonrisa única que se hunde en mi mente como un cuchillo, de tu guitarra y su rincón, de tus cuadros y tus fotos y sus ángulos ordenados, de tu coche y su maletero despeinado, de tu MP3 lleno de joyas musicales, de tu perro y vuestros paseos, de las plantas de tu pequeño balcón, de tu luz y del sol que baña las ventanas de tu habitación a mediodía, de tu voz cuando susurra frases imposibles, del cuento que descansó sobre tu mesita de noche, cada noche, junto a ti... Y mientras trato de no responder a nada de esto, mientras trato de no encontrar por ningún medio esas respuestas, nado hacia la superficie, buscando aire. Rápida. En busca de una enorme bocanada de oxígeno. No quiero ahogarme, por favor. No quiero quedarme ahí abajo. Que me dejen salir, una vez más, un día más, un minuto más, sólo uno. 

Sólo
un
paso
más.

¿Conoces esa sensación, mientras logras escapar de tu monstruo, que al mismo tiempo sabes que tarde o temprano no podrás escapar más? ¿Que llegará un momento, un día de estos, en que te alcanzará y te pondrá fin? Una carrera a contrarreloj. Un pulso a la vida, con la certeza de que perderás en cualquier momento. Podrás imaginarlo. ¿Podrás imaginarme?

Será entonces, cuando me alcance mi monstruo (que soy yo misma), cuando romperé, cuando me quebraré. Y, sin fuerzas, pero con rabia e impotencia, gritaré a los cuatro vientos todas las preguntas que vuelan como cuchillos. Estallará en mil pedazos el peso de tu marcha y prenderá fuego a todo lo que se encuentre en el camino. Y todo dará igual: la superficie y la profundidad, porque ya no habrá distinción. Quizá nunca la hubo...

Mientras, seguiré burlando al tiempo.
Me seguiré engañando.

Sólo
un
poco
más.

miércoles, 17 de octubre de 2018

¿Sabes...?

Puede que un día lo haga.

Puede que coja todos tus recuerdos por el cuello, 

los sujete con mis dos manos
y les grite a la cara que se acabó.
Puede que un día me mire al espejo
y ya no te encuentre más allí,
al final de mis pupilas,
reflejándote en mis retinas como si nada.
Puede que un día lo tire todo al suelo,
con rabia e impotencia,
y lo estrelle todo contra ti,
contra mí,
contra lo imposible.
Puede que un día al desnudarme
no broten de mi pecho todas las canciones
que ataste con cadenas a tus ojos,
aquellas que compartimos sin compartirnos aún,
pero que aullaban a la luna 
todos los mensajes entre líneas.
Puede que un día, entre los bares,
deje de recordar aquel al que nunca había ido
y que pisé contigo por primera vez.
Puede que olvide la gracia de toda esta casualidad,
puede que me canse de estar maldita,
puede que me maldiga a mí misma,
puede que mis pasos ya no piensen hacia atrás.

Puede que un día lo haga.

Puede que un día acepte
la sucesión de casualidades
de pasos
de calles 
de decisiones
de bares
de sitios
de cambios
que, años después,
nos llevó a tenernos uno frente al otro,
sentados en la terraza de un bar
sin entender que somos desconocidos 
con el pecho ardiendo.
Puede que un día acepte que es algo normal.
Puede que acepte
que recordarnos de esta manera
sin haber cruzado palabra jamás
y burlarnos del tiempo que ha pasado cuando nos encontramos,
es normal.
Puede que acepte
que hablar sin palabras
y entendernos
y mirar dentro del otro con tan solo asomarse a sus ojos,
es normal.
Puede que acepte
que esta llegada magistral,
esta entrada en mi vida
de una persona como tú,
con toda su música
con toda su mente
con toda su historia
con toda su sensibilidad,
es normal.
Puede que un día acepte 
que toda esta casualidad
con su magnitud titánica y sus ganas de ser,
me ha abrazado para irse como llegó.

Puede que un día lo haga.

Y supongo que es que, al final,
me resisto,
me niego, 
y alejo de mí la posibilidad de contemplar
que nada de esto ha tenido sentido.
Y ya sé que no se entiende,
que estas cosas no hay quien las entienda,
pero yo sólo quería abrazarlo todo
y sonreír
y brindar
y compartir,
sin más.

Pero no te preocupes,
sé que un día,
un día...

...lo haré.


jueves, 20 de septiembre de 2018

La llegada

Se me caen las palabras al suelo y allí, en el suelo, se rompen. Y yo las miro desde arriba. Pobres. Inconsciente de mí, sin saber que yo soy ellas, que ellas me hacen a mí y se están quebrando. Pero cómo mantenerlas a flote. Cómo mantener mis palabras en calma, quietas, castigadas. Que no hablen, que se callen, que me traicionan y ya no hay vuelta atrás. 

Ya no importa; ya han llegado. Están dentro de mí. Me arañan y me acarician con movimientos imposibles. Mis palabras ya no pueden hacer nada. Me han mirado y me han visto por dentro, donde no existe lenguaje ni avance humano para que un sonido moldeado pueda tener sentido. Allí reina lo primitivo, lo natural, lo inesperado y el impulso. Todo es salvaje y pura calma. Los conceptos del mundo real desaparecen allí dentro, la realidad visual que nos rodea se esfuma. Ya no sé lo que es real y lo que no. ¿Estoy soñando? Me lanzan esa posibilidad, la de pensar que nada de esto esté ocurriendo en realidad y mientras, dentro de mí, algo me susurra que espera que no.

Yo sólo puedo mirarles y admirar la brutalidad de su llegada. Intentar comprender cómo llegaron a estar frente a mí, y luego más cerca, y un poco más, y alcanzarme por dentro. Caminan por mis rincones, me surcan y me recorren. Recorto y memorizo sus siluetas, sus líneas, en mis pupilas, en silencio. Lo guardo todo, como si de un tesoro se tratase. Como algo íntimo y personal, cargado de esencia. Con una delicadeza extrema comprendo que guardo memorias que me acariciarán siempre que las vuelva a mirar de frente. Tal y como hacen ellos, con su huella única, desconocida y esperada. Con su huella incesante, como una corriente de aire fresco.

¿Qué me han hecho? ¿Cómo lo han hecho? Ni siquiera ellos lo saben, tan sólo ocurre. Pero no importa, ¿qué podríamos haber perdido? Es todo lo que entendemos cuando no tenemos nada que entender. Deseo mirarles también y eso hago. Dejo que me abriguen. Ellos me rodean, y de qué manera... Pareciera que el aire se pudiese romper en mil pedazos cuando se acercaban a mí. El silencio se palpa, y ni siquiera recuerdo cómo respirar. Mis músculos, mi cuerpo, ya no responde ante mí. Estoy perdida en toda aquella belleza. Y lo acepto. Estoy gritando sin palabras y sin voz a los cuatro vientos. Y lo acepto. Ellos recortan distancias, invaden mis entrañas como si fueran olas del mar, llegan sin avisar, pero están ahí, mirándome. Saben leerme. Y yo los abrazo, sin miedo, sin tapujos, sin más. Voy a saltar.

¿Que de qué hablo?
De los lobos, mi niño.

De tus lobos.




martes, 21 de noviembre de 2017

Reflejos, desencajes y corazón

¿No te sientes más pequeño?

Me vi situada entre dos espejos, en el centro de miles de caras reflejadas unas en otras, de miradas que se clavaban en mí y que eran las mías propias. Mi torpeza fue brutal, 'nunca encontraré un lugar donde al fin me entienda'. Me perdí en mi universo...y tú. En millones de mundos que iban a estallar si mi vida era la apuesta, en ti y en nuestras casualidades del revés, en nuestra suerte incomprendida, en nuestros momentos de desencuentro constante, en nuestro imán casi innato. Infinita ingenuidad, ilusión centesimal, me creía tan capaz... Podría ser tan fácil. Sería espectacular si fueran reversibles aquellas noches de incendio.

En la oscuridad, cuando nadie me ve, cuando no hay espejos y huyo incluso de mis miradas, escapo hacia ti. Te veo en aquel primer encuentro y me veo a tu lado. Observo cómo aquel día hiciste algo mágico: me enviaste hasta el espacio y me devolviste a mi cama; supe que ya te llevaba dentro. Visito las miradas que gritaban todo lo que los dos callábamos, cuando empezábamos a ser contradicción. Respiro el momento de uno de nuestros abrazos, tan únicos y diferentes. Me cuelo en aquel parque donde nos sentamos la primera vez que nos perdimos, entre lágrimas y demasiada incomprensión. Cuando te marchas, me quedo allí sentada durante meses y al fin, consigo levantarme y abandonar aquel banco. Revivo el reencuentro, tiempo después, aquella noche, y vuelvo a ser una niña cuando miro en tus ojos. Y me empapo de todo lo que volvió a despertar, y me pregunto si alguna vez se fue del todo, y escucho la respuesta dentro de mi pecho: 'no'. Y aunque no lo digo en voz alta, admito que jamás te has ido, que jamás quise dejarte ir. Pero entonces sé que pronto serás de viento. Que cuando mis dedos te toquen, te desvanecerás. Que llegará otra pérdida, justo cuando pensaba que te volvía a recuperar. Y llega. Nos miro desde fuera, sentados, rotos en silencio, los ojos húmedos, la boca seca, las manos frías. Charlamos y bebemos, para amortiguar el dolor quizá. El humo nos ayuda a esconder la realidad por momentos. Y de fondo, como un ruido sordo, el peso de saber que los minutos que compartimos, los que tratamos de alargar, son los últimos. El peso de un segundo adiós. El peso de no saber cuándo volveremos, si volvemos. El peso del 'no te vayas' que no te pude pedir, el peso del 'no te vayas' que quisiera cumplir.

Entonces despierto entre amargos espejos. Me vuelven a acechar todas mis miradas, me hago pequeña. Y escondo tras mi rostro que, aunque ya no te pueda mirar, siempre te veo. Que no podré enterrarte. Que la respuesta sigue latiendo en mi pecho. Que el tiempo hace trampas. Que le haré trampas al sol y volveré a la oscuridad donde nadie me ve, donde nadie nos mira.

Donde pueda volverte a ver...aunque tú no lo sepas.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Las palabras que no decimos en voz alta

- A ver, digamos que desde que eras un niño, siempre has soñado con tener algún día un león. Y esperas, esperas, esperas, esperas y esperas, y el león nunca llega. Y de pronto llega una jirafa. Y puedes estar solo o estar con la jirafa.

- Yo esperaría al león.

- Por eso me preocupas tanto.

Begginers




Recuerdo cuando yo fui tú. Recuerdo el guion de esa película, recuerdo decir que yo también esperaría al león. Recuerdo el dibujo que hice días después con las manos rotas y los ojos vacíos, recuerdo la triste y dura verdad que sus trazos escondían. Recuerdo las palabras que nunca dije en voz alta. Recuerdo el primer día y lo que supe en cuanto miré dentro de ti. Recuerdo la tinta sobre el papel, las risas. Recuerdo las altas horas de las noches entre semana. Recuerdo esperar, apostarlo todo, decidir no tener miedo... Recuerdo entregarme sin trampas.

Y recuerdo que decidiste marcharte, leerme y quedarte con eso. Recuerdo que después te perdí y decidí dejarte ir de mí. Recuerdo darte por perdido. Recuerdo aceptar el peso de tu marcha sobre mis hombros y seguir adelante. Recuerdo emprender nuevos caminos. Recuerdo que todos mis miedos volvieron. Recuerdo recoger las armaduras que tiré al suelo por ti. Te recuerdo.

Recuerda cuando tú fuiste yo.

Recuérdame.

jueves, 8 de junio de 2017

Posdata (II)

No te fíes de todos aquellos visionarios que te hablen de este mundo sin caballos galopando en la mirada. Jamás escuches a quien no alce la vista de vez en cuando para mirarle las bragas a una estrella. Sabes que no van a llorar de emoción tras un orgasmo, o por una canasta sobre la bocina del eterno segundón.

Sigue el ejemplo de los locos necesarios que se abrochan a la vida cuando quitan un botón, los que encuentran a dios al abrir tu cremallera. Síguelos a ellos, a los que piensan que sólo el amor puede hacer que lo imposible se vuelva a repetir, a los poetas que saben que quien tiene un lápiz, lleva un paraíso en el bolsillo. Sigue sólo a esos, a los que buscan la hermosura en la niebla de un poema, aquellos que cuando tocan una piel...comprenden todo.

Y huye. Huye de quien tenga tanta razón que nunca tenga nada, de aquellos que jamás dudan, porque estarán mintiendo. Huye de quien no crea que el lunes tiene un callejón hacia el nirvana, de todo aquel que no considere que no hay niños malcriados, sino adultos que malcrían. Y huye del hombre que no piense que quien aparta los ojos de la pobreza también se ha vuelto un cómplice al hacerlo. De quien te diga que la felicidad es un crucero con pulsera, y no una muchacha de risa floja y ojos hambrientos de infinitos. No te fíes de quien defiende a esos corruptos que, cuando sobra agua, se inventan un modo de vender la sed.

Y ama. Ama aunque nunca tengas suelto. Y recuerda que no hay peor amor que el que no se da por miedo a que te dañen, y que ningún amor no correspondido puede matarte, salvo aquel que no sientes por ti mismo. Conviene no olvidar que uno y uno suman uno entero, cuando de quien te enamoras es de ti. Que cuando te caigas, nadie te convenza de que la solución está en democratizar el suelo para todos, sino en encontrar la escalera de subida hacia ti mismo. Y para eso, tendrás que preguntar a las baldosas sobre el golpe.


Y evita los consejos, cualesquiera que sean, que no pongan tu corazón al frente.
Y olvida también estos consejos, uno a uno...

...y sé feliz.