domingo, 2 de febrero de 2014

Anochece

¿Por qué fue suficiente mirarle con los ojos desde allí?
¿Por qué brotó en torrente el miedo y las ganas de sentir?

Yacía en su cama, y vagando por su almohada, la venía a visitar en sueños él. La delicadeza que encerraba su sonrisa se mecía de un lado a otro, la revolvía por dentro y el cielo se teñía de marfil. Moldeó su pelo con tenues movimientos y ella se dejaba hacer. Ya fuera las lluvias y libre de tormentos, en ese mismo instante su vida fue tranquila y feliz. Nació la ternura, y con leche y azúcar, él se la dio a beber. La calidez descendía por su garganta, se asentaron las bases en su vientre, y sus pies fríos entraban de nuevo en calor. Amanecer junto a sus ojos se antojaba lo más hermoso, iluminando el mundo. El aire se convertía en cristal y amenazaba con estallar. El silencio resultaba la forma más perfecta de habitarle.
Ella encontraba siempre razones para buscarle. Razones de sobra, para pedir al viento que volviera aunque fuera como una sombra, para no quererle olvidar, pues el trocito de felicidad fue él quien se lo dio a probar. Y él posaba, dulce, su mano sobre su mejilla. Y ella lo guardaba muy dentro de su esencia, donde nadie jamás alcanzaría a vislumbrar un solo vértice. Se encerraba en su voz, se dejaba hornear entre sus risas. Se dejaba ser.

Yacía en su cama, y vagueando por su almohada, la venía a despertar de sus sueños él.





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