martes, 1 de abril de 2014

Enferma

Enferma, sé que voy a dejarme caer. Sé que subiré de nuevo, y que de nuevo miraré hacia abajo desde lo más alto. No sabré después adónde mirar, y siempre seguirá pareciendo que no me ves. Y sin embargo, yo seguiré viéndote dormir, y caerá sobre mí todo el peso necesario, y hasta que mis huesos no se quiebren, jamás podré dejar de hacerlo. Hasta que no vea a alguien que ya no reconozco, no podré dejar de pensarte. Hasta que no me pudra, me parta en dos y se abra mi pecho, no podré quitarte los ojos de encima. Hasta que el tiempo no se canse, no podré borrarte, pero tampoco encontrarte. Como un espantapájaros, permanecerás anclado en mitad de mi cabeza, ahuyentando cada mínima posibilidad para extenderme un poco más alto, más libre. Mis dedos se van disolviendo y desaparecen, y le siguen mis manos, muñecas, brazos...
Extraño a un desconocido que nunca llega. Extraño a una sombra que no conozco. A un fantasma que no existe. A una creencia, una hipótesis, un sueño, un deseo. Extraño esquinas que construyo en mi cabeza. Recovecos oscuros y arrugas en mis sábanas. Extraño dar los buenos días, las buenas tardes, las buenas noches. Extraño las noches reversibles. Extraño al tiempo que se ha ido y al que no llega aún. Extraño poder recordar cómo era reír hasta no poder más, reír hasta doler.
Es extraño sentirse así y no sentirse fuera de lugar...



jueves, 27 de marzo de 2014

Callejón

Ojalá deje de jugar algún día. Que encuentre una salida, y deje de existir, de hacerme más mal que bien. Ojalá que deje de preguntarme todos los días, de buscar un cielo en tu mirada. Ojalá consiga dormir sin desvelarme entre tus pestañas. Que consiga apagar las luces, que reduzca a cenizas esa habitación, que aquella música torne en ruido amargo, que no quede agua que beber. Ojalá no quede demasiado por vivir aquí. Que deje de hablar con las nubes, como si pudieran ayudarme de alguna forma. Que deje de perseguir sombras con los ojos, de romper con el sol todos los días.
"Demasiado fácil entrar", pienso mientras me pregunto cómo voy a salir.

domingo, 16 de marzo de 2014

Grita la piel

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan para que no las puedas convertir en cristal. Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo. Ojalá que la luna pueda salir sin ti. Ojalá que la tierra no te bese los pasos. Ojalá que la aurora no de gritos que caigan en mi espalda. Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz. Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado. Ojalá que el deseo se vaya tras de ti a tu viejo gobierno de difuntos y flores.
Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta. Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve. Ojalá por lo menos que me lleve la muerte para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones.

Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones...

lunes, 3 de marzo de 2014

Todo lo profundo ama la máscara

El cuerpo gana otra vez, y nadie esconde deseos más allá de la piel. Pero intentas dibujar tu cuerpo, y surcas veredas con témperas, y crees que así flotarás y apenas te romperán sus manos aunque apenas lleguen a rozarte. Crees que podrías ser real, que podrías arriesgar y entrar, que quien no arriesga no gana. Pero tu pelo se enreda entre los matorrales y tu ropa es desgarrada, y nadie acude, ya no hay nadie que mate monstruos por ti. Y nadie acude. De nada sirvió dibujar tu piel. De nada sirvió creer. De nada sirves hoy, porque hoy eres demasiado vulnerable.

Y nadie acude...

miércoles, 5 de febrero de 2014

Renacer

Me confesó que se vio perdida al ver morir a la eternidad entre sus manos, disolviéndose como tiempo de humo. Que ante esto, decidió darle ventaja al viento, por no poder volar. Que se trasladó a un valle sonoro, un pedregal, donde piedra por piedra, quedaba enterrada su supuesta mitad. Me contó de cómo allí, sola, se sintió un poco más muerta de lo normal. De cómo desapareció el sentimiento de pertenencia a algún lugar, convirtiéndose en una experta para no encajar. Conoció a la sombra de su yo desconocida, pero nunca se llegaron a agradar, nunca confió en aquella extraña...

Sin embargo, también me habló de cómo comprender el desorden, de cómo descubrir el mundo a través de los reflejos en el agua, que río abajo va. Aseguraba que el lenguaje del aire que soplaba fue el único en el que jamás encontró maldad. Vio nacer mil canciones bajo fuertes diluvios que no cesaban, pero antes de la lluvia, procuraba fumarse siempre los recuerdos de papel. Me silbó al oído el secreto para sentir la lluvia y no simplemente dejarse mojar.
Me confesó que su cielo nunca lloraba de pena, tan solo de felicidad. Que en los vuelos de las gaviotas también se esconden las olas del mar, y no solo en las pequeñas caracolas. Que la vida es tener la actitud adecuada, que para ser feliz solo necesitamos querer serlo. Que en el fuego se consumen igualmente eso que llaman el bien y el mal. Que lo que nos rodea es mucho más simple de lo que podríamos llegar a sospechar. Me aconsejó que no me engañase más, que al final todos vestimos la misma piel bajo las ropas y las máscaras. Me mostró la riqueza de saber escuchar, el placer de apreciarse a uno mismo, la pasión de morir por ayudar. 

Finalmente, supo convertir su pasado en un prólogo con punto y final, pero jamás olvidó la grandeza de ser amado y poder amar.



La eternidad muerta

Tómame.
Mi cuerpo, que no tiene nada ya que ofrecer, yacía muerto en el suelo. Podía sentir el frío calándose en mis pulmones, empapándolos y ahogándome. Tus manos que me cogían, calientes, deseaban devolverme a la vida. Me tocaban con miedo, lloraban sin lágrimas, gritaban sin hacer ruido, sentían dolor con solo ver, con solo mirar. Todo era silencio, extraña paz en la habitación. Ni siquiera te salían las palabras. No había voz en tus cuerdas vocales. No había voz para mi cuerpo. Solo había manos echándome de menos, abrazos rotos que hablaban por sí solos, labios que humedecían mis labios secos, ya muertos, ya sin vida, ya mustios.
Retumbaba el sonido del silencio, como si en el espacio exterior estuviésemos. Todo roto, todo perdido, toda la muerte en su esplendor: bella como nunca, presente como siempre.
El miedo aterrador que yo antes sentía te fue transmitido. Era un plaga, una enfermedad. Y te salió un hilo de voz que tenía la forma de mi nombre, ya desconocido para mí. Y dabas formas con tu lengua a la voz que antes me daba la bienvenida, y que ahora me decía adiós sin querer hacerlo. Tu mente se colapsaba, sin quererlo aceptar y, para no ver, anegabas tus ojos de lágrimas, cegándolos.
Y por fin, el grito. El dolor estallando en tu corazón. La voz quebrada. No había respiración. No había calor. Los gritos desgarraban tu garganta al salir. Masacraban a mi alma rota, hecha añicos ante tu dolor, ante mi impotencia. Los recuerdos ahogaban. Las manos ya no sabían qué tocar. Los brazos no sabían qué abrazar. Los ojos no sabían qué mirar. La voz no sabía qué gritar. Mi alma no sabía regresar, y me consumí. Tu alma se sintió más ligera al haberle sido arrancada mi presencia.
Fueron los diez segundos más horribles de mi muerte.




domingo, 2 de febrero de 2014

Anochece

¿Por qué fue suficiente mirarle con los ojos desde allí?
¿Por qué brotó en torrente el miedo y las ganas de sentir?

Yacía en su cama, y vagando por su almohada, la venía a visitar en sueños él. La delicadeza que encerraba su sonrisa se mecía de un lado a otro, la revolvía por dentro y el cielo se teñía de marfil. Moldeó su pelo con tenues movimientos y ella se dejaba hacer. Ya fuera las lluvias y libre de tormentos, en ese mismo instante su vida fue tranquila y feliz. Nació la ternura, y con leche y azúcar, él se la dio a beber. La calidez descendía por su garganta, se asentaron las bases en su vientre, y sus pies fríos entraban de nuevo en calor. Amanecer junto a sus ojos se antojaba lo más hermoso, iluminando el mundo. El aire se convertía en cristal y amenazaba con estallar. El silencio resultaba la forma más perfecta de habitarle.
Ella encontraba siempre razones para buscarle. Razones de sobra, para pedir al viento que volviera aunque fuera como una sombra, para no quererle olvidar, pues el trocito de felicidad fue él quien se lo dio a probar. Y él posaba, dulce, su mano sobre su mejilla. Y ella lo guardaba muy dentro de su esencia, donde nadie jamás alcanzaría a vislumbrar un solo vértice. Se encerraba en su voz, se dejaba hornear entre sus risas. Se dejaba ser.

Yacía en su cama, y vagueando por su almohada, la venía a despertar de sus sueños él.