Estaba sentada en la orilla de una playa de arena blanca, mirando al azul infinito del mar que se extendía antes sus ojos. Corría viento del este y mecía su pelo con cierta agresividad, como si quisiera llevárselo muy lejos de allí. Era una mañana nublada de invierno, y salvo el intenso azul del mar, el resto del mundo que le rodeaba parecía estar dominado por diferentes tonos de gris. El aura de aquel lugar no dejaba de resultarle un tanto extraña y artificial. Se sentía insegura allí sentada, sin vigilar sus espaldas. Llegaba a sentir miedo y estaba intranquila. Sin embargo, no apartaba los ojos de la vasta mancha azul.
Pero allí había demasiado silencio, todo era demasiado perfecto, y a pesar del viento que corría, en el mar no rompían olas y apenas se percibían ondas o algún vago movimiento.
Tenía las pupilas extremadamente dilatadas y los ojos abiertos de par en par, pues ni un sólo grano de arena se alzaba con el viento. Parecían anclados al suelo, como si cada uno pesara toneladas. Aquel sitio le ponía los pelos de punta, sentía miles de miradas clavándose en su nuca, un frío horrible le calaba los huesos, se sentía en peligro y encerrada, atrapada, a pesar de encontrarse en aquel sitio abierto. Allí no había salida, no podía respirar con tranquilidad.
¿Por qué no se movía el mar? ¿Por qué no se alzaba la arena? ¿Por qué no podía moverse? ¿Por qué ni siquiera podía apartar la mirada de aquel azul envolvente? ¿Por qué sentía el aliento helado de la muerte en su nuca?
Su respiración era más acelerada a medida que transcurrían los minutos allí, que parecían marcar una cuenta atrás. Comenzaba a escuchar sonidos extraños en la lejanía, a sus espaldas. Escuchaba edificios derrumbarse, crujidos terribles, algún grito que desgarraba los oídos, bombas estallar, emisoras de radio dando noticias a gran velocidad en diferentes idiomas. Todo se le acercaba lentamente, y los sonidos a sus espaldas eran cada vez más próximos e intensos. Se amontonaban, se pisaban unos con otros, le aprisionaban, aceleraban su pulso y su respiración, se atropellaban, atropellaban sus pensamientos, le estaban acorralando y se asfixiaba.
Los sonidos de los gritos, las emisoras de radio e incluso las bombas, crujidos y derrumbamientos, se transformaron y le pareció que formulaban una palabra estridente en su cabeza: ayúdanos. Y no pudo más. Necesitaba levantarse y salir corriendo de allí. Si no lo hacía enseguida acabarían encontrándole y quién sabe qué ocurriría entonces. Y se levantó, con los ojos clavados en el mar. Y fue a volverse hacia el peligro; pero sus ojos estaban anclados en el mar. Y salió corriendo por la orilla de la playa, pidiendo a gritos que alguien le ayudara; pero sus ojos estaban anclados en el mar. Tropezó con sus propios pies y cayó, pero cuando levantó la cabeza tan solo veía el absorbente mar. Gotas de sudor resbalaban por su frente y un grito desolador le desgarró la garganta al brotar de su miedo interior; y solo veía mar.
Fue entonces cuando la pesada arena blanca tomó vida y le atrapó brazos y piernas, rompiendo cada unos de sus frágiles huesos, impidiéndole tomar cualquier posible vía de escape. Los gritos se mezclaban con todo el estruendo y el ruido que para entonces ya le había alcanzado. Se había convertido en desesperación y miedo puros.
Pero en todo aquel caos de tornados, ruido, dolor, y miedo, lo último que videaron sus ojos de pupilas dilatadas e inyectados en sangre fue la tranquilidad y la paz del inmenso, estático, y constante azul infinito del odiado mar donde quedó encadenada.
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